El Lago que toca nubes | Hotbook

El Lago que toca nubes

Una de las regiones menos exploradas del altiplano sudamericano es esta joya que comparten Perú y Bolivia: el lago navegable más alto del mundo. Los paisajes que lo rodean no son los más pintorescos ni su vegetación la más exuberante, pero hay algo en el lago Titicaca capaz de compensar cualquier desventura geográfica. Sus aguas son mágicas, como una especie de antídoto natural contra el paso del tiempo. Recorrer sus islas no solo es viajar en lanchas de totora y sentir de cerca la energía de la Pachamama, es transportarse a otra era. ¡Bienvenidos al pasado!

Ninguno de los pueblos que rodean al lago le hacen justicia. Ni siquiera Puno, su capital peruana. La ciudad es uno más de los supuestos triunfos del “progreso latinoamericano” y se antoja desalentadora: edificios a medio construir, rótulos en colores fluorescentes y un muelle colmado de lanchas del pato Ronald (sí, esa copia que es y no es simultáneamente). Pero los encantos del Titicaca no están en sus ciudades y no hay que dejarse engañar por las primeras impresiones. La verdadera magia del lago está en sus islas y poblados remotos, donde la naturaleza se desnuda y las tradiciones milenarias no son cosa de libro de historia, sino de todos los días.

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TIERRA DE TEJEDORES

Apenas 45 kilómetros de lago separan a esta isla de Puno, suficientes para encontrarse con una cultura y folclor muy peculiares. Con la treintena de lanchas que conectan todos los días y a toda hora estos dos puntos cuesta trabajo creer que hasta hace unas décadas el contacto de los taquileños con el resto del mundo era casi inexistente, pero lo era. Y precisamente gracias a este aislamiento es que en Taquile se mantienen las terrazas agrícolas para el autoconsumo, los sombreros como código del estado civil y el tejido más valuado del altiplano.

Al desembarcar en la isla no se nota una gran diferencia de clima o vegetación, pero es en la misma resequedad del ambiente y el sol que quema poco a poco en que se develan escenas del ayer. Las contadas casas que se ven a la distancia están construidas solo de adobe y paja y la única forma de moverse dentro de la isla es a pie. Nada de calles o motonetas, solo senderos de piedra en los que, cada tanto, un arco anuncia que se ha llegado a algún sitio que quizás tiene algo de especial; a la vista, todos son iguales. No hay perros ni gatos, en su lugar, muchos borregos. Y niños pastores que cuidan el rebaño. No es casualidad: los taquileños son tejedores. Las mujeres hilan y tiñen y los hombres tejen. Y lo hacen mejor que nadie; afirmación que no es poca cosa, si se considera que en el altiplano tejer parece una habilidad innata común en todos los poblados.

La mayoría de las familias en Taquile viven de la producción agrícola y ganadera para el autoconsumo y, en los últimos años, del turismo y venta de sus artesanías. Pero esto no ha cambiado, al menos en esencia, la vida cotidiana en la isla. El quechua es el idioma que se escucha en la plaza central; en lugar de anillos de matrimonio, las mujeres utilizan pompones grandes en su sombrero para anunciar que están casadas y los hombres vis- ten un traje –una mezcla de torero adornado con sombreros y cinturones tejidos a mano– que deviene del sincretismo andino- español de la época de la Colonia.

Vale la pena quedarse al menos una noche en Taquile para conocer la isla cuando las visitas que llegan de entrada por salida se van. Si no es el caso, la plaza central, con su iglesia y cooperativa artesanal, y una visita a la casa de alguna de las familias que, ávidas de compartir su cultura, abren sus puertas para presumir con humildad sus tejidos, comidas y tradiciones, son suficientes para llevarse una idea atinada de la isla de los tejedores.

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LOS UROS: ISLAS QUE FLOTAN

El que probablemente es el mayor atractivo del lago Titicaca –o al menos el más vistoso–, según Google Maps, simplemente no existe. Al igual que Taquile y el resto de las islas que se encuentran del lado boliviano, los Uros son un mundo de folclor y quehaceres a la vieja usanza. Con una enorme diferencia: las islas son flotantes. Según cuenta la leyenda, huyendo de la invasión inca estos grupos buscaron asilo y encontraron su salvación –a saber en qué estaban pensando– en la totora, una especie de pasto acuático que crece de forma silvestre en el lago.

Cómo fue que esta planta pasó de maleza acuática a flora súper poderosa es una incógnita, pero en estas islas flotantes todo parte de ella: de entrada las islas mismas, que están construidas con bloques comprimidos de la raíz seca. Pero no solo eso, la totora también es el recubrimiento de las lanchas con las que los uros salen a pescar y se transportan entre cada una de las comunidades flotantes y hasta alimento. El tallo, así como sale del agua, se pela y va directo a la boca; el sabor es parecido al de un pepinillo.

Aunque con el paso del tiempo la actividad económica principal de los uros se convirtió en el turismo –ahora tienen montajes con canciones en quechua, aymara y español para recibir a las visitas, así como mercados de artesanías y recorridos en sus lanchas–, el espectáculo no suplanta al hecho de que, en realidad, esas islas son el lugar donde viven, estudian y trabajan. Y eso es simplemente increíble, en el sentido más literal de la palabra. Aun con las islas de frente cuesta trabajo creer que no se trata de una puesta en escena surrealista o de un viaje a un cuento fantástico resultado de una imaginación genial.

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GUÍA DE LAGO TITICACA

CÓMO LLEGAR

D. Grau, Puno, Peru

T. +51 1 2641579

tierravivahoteles.com

Titilaka

Este hotel es, sin pensarlo dos veces, el más lujoso de la región. Se encuentra considerablemente alejado de la ciudad, de cualquier poblado grande de hecho, en su propia bahía y cuenta con un muelle propio. Parte del concepto del hotel es que las comidas están incluidas y, en uno de sus planes, incluso las excursiones, de modo que no hay que preocuparse por ningún tipo de planeación o logística. El Titilaka ofrece la posibilidad de experimentar el lago sin tener siquiera que pisar Puno, una opción que deja de lado una parte interesante de la experiencia, pero ciertamente la menos glamorosa. El precio es considerablemente más caro que el resto de las opciones en Puno, pero sin duda lo vale.

Puno se encuentra a una hora de Juliaca, la ciudad donde se encuentra el aeropuerto más cercano. LAN Perú (lan.com) conecta la ciudad de Puno con Lima, adonde vuela desde las principales ciudades latinoamericanas.

D. Centro Poblado Titilaca, sector Huencalla S/N, Distrito de Platería, Peru

T.+51 1 7005106

titilaka.com

 

 DÓNDE COMER

Más que un restaurante de manteles largos o un changarro callejero, el encanto de la comida en la región altiplánica del lago está en sus comidas tradicionales, las que se encuentran en la isla. En algunas de las islas las familias ofrecen a los visitantes su versión de la pachamanca, una comida típica peruana que consiste en cocinar en un hoyo en el suelo, con piedras calientes, las carnes y vegetales de la región; en este caso, trucha y tubérculos (más papas de las que tenemos nombres en español mexicano).

DÓNDE DORMIR 

Tierra Viva Puno

El hotel está a dos cuadras del primer cuadrante del centro de la ciudad, donde se encuentran la catedral y los pocos cafecitos monos que hay en Puno. También está cerca del jirón peatonal, donde están la mayor parte de los restaurantes, casas de cambio y tiendas de artesanías. No es el hotel más sofisticado, pero es muy cómodo y tiene una ubicación conveniente, además de personal increíblemente atento.