ENTREVISTA CON ALONDRA DE LA PARRA | Hotbook

ENTREVISTA CON ALONDRA DE LA PARRA

Alondra ya tarareaba antes de aprender a hablar: la música la cautivó incluso antes de la escuela primaria. A sus cortos 33 años, Alondra ya es una pionera en el mundo de la música clásica. Fundadora de la Orquesta Filarmónica de las Américas y Embajadora Cultural de Turismo en México, fue la primera directora de orquesta mexicana en ser invitada a dirigir en Estados Unidos. Hoy en día su agenda internacional la lleva a dirigir reconocidas orquestas por todo el mundo.

¿Cómo nació tu pasión por la música?

En mi casa siempre hubo música. A mis papás les encanta. Todas las comidas familiares eran alrededor de un piano, de una guitarra o del canto. La música siempre fue sagrada. Me llevaban a conciertos de todo tipo. Los tíos de parte de mi mamá cantaban siempre boleros en las fiestas. Fue una parte importantísima de mi vida.

¿Por qué decidiste ser directora de orquesta?

Desde muy chiquita me atraía mucho el sonido de la orquesta. Las piezas que más me gustaban no eran tanto las de piano ni las de cámara, sino las de orquesta. El sonido de una orquesta es como tener una paleta entera de colores con que jugar, con que expresar, y el poder de un grupo de cien personas haciendo una misma cosa es inigualable. Eso siempre me llamó muchísimo la atención, esa magia, esa energía que se junta, que se reúne entre personajes completamente distintos. Cuando estaba chiquita, tenía como trece años, mi papá un día me dijo: “¿y por qué no eres directora de orquesta?”, y se me hizo una locura. No creía poder, ya que no tenía ningún referente de alguna mujer directora, y se me hacía algo muy lejano a quien era yo. Sin embargo, al mismo tiempo, me daba cuenta de que tenía buen oído, de que tenía un amor por la música incontrolable y una pasión por aprender y crecer. Cuando me di cuenta de que ser directora era el reto más difícil que podía escoger, me encantó.

¿Qué consideras que es lo más difícil de tu profesión?

Creo que es una profesión muy difícil per se, porque tienes muchos sombreros, tienes que desarrollar muchas habilidades distintas. Primero que nada está la parte musical, que es la fundamental: tienes que conocer las obras, saber de armonía, saber de análisis, poder entender cómo funcionan todos los instrumentos y entender al compositor. Eso lleva mucho tiempo de estudio, de leer, de conocer la situación en la que se compusieron las obras, de tocar la pieza en el piano, de asimilarla y de hacerla tuya. Esa parte es de mucho entrenamiento. Por otro lado está la parte de comunicación con la orquesta y con el público, que es averiguar cómo poder comunicarle a la orquesta con tus gestos físicos y verbales exactamente cuál es la idea, cuál es el concepto, cómo vamos a desarrollar la obra en un lapso muy corto. Técnicamente tienes que ser el mejor amigo de la música y ayudar a los músicos a que den de sí mismos lo mejor. Son tantas vertientes que requieres de todas las diferentes partes del cerebro: unas son matemáticas, algunas son humanas, otras requieren simplemente saber mostrar tu personalidad, enseñar tus sentimientos, mostrar quién eres, tu vulnerabilidad. Y otras, simplemente requieren que seas nerd: estudiar y estudiar y estudiar. Sin embargo, tienes que lograr que no haya una parte que esté más arriba que las otras. Tienes que ir mejorando tus debilidades y no nada más recaer en tus fortalezas. Siempre tienes que trabajar las cosas que te faltan.

¿Cómo nació la Orquesta Filarmónica de las Américas?

Esa es una historia muy bonita, llena de sueños, de coincidencias, de gente maravillosa que me ayudó a lograrlo, de personas que me iba cruzando en el camino que se iban sumando a esta idea. Tenía 23 años, vivía en Nueva York, estaba estudiando la carrera de pianista y me di cuenta de que había un espacio vacío en el mundo de la música en el que nunca se presentaban obras musicales de compositores latinoamericanos. Un día el consulado de México me comisionó un concierto de música mexicana en Nueva York para un festival. Me puse entonces a escoger a los músicos, el repertorio, rentar la sala, recaudar el dinero, crear la imagen con la que íbamos a presentar esto a un público que jamás había escuchado este tipo música, que no conocía a la orquesta y, mucho menos, a mí. Ese proceso fue de no dormir. Me apoyé mucho en mis amigos, aunque todos teníamos 22 o 23 años. El concierto salió muy bien, vino mucha gente, cosa que no sé cómo logramos, ya que no teníamos presupuesto para marketing ni nada. Todos los músicos eran compañeros míos de la escuela y todo el mundo puso de su parte, había una energía muy especial. Después del concierto yo planeaba simplemente continuar con mis estudios, pero en el coctel todo el mundo comenzó a preguntar cuándo era el siguiente. Ahí me di cuenta de que le habíamos dado al clavo a algo que tenía que existir y que había un público sediento por esto. Así que me puse a investigar cómo se hace una orquesta. Así fui desarrollando la orquesta con la misma meta y misión que al principio: música de las Américas, músicos de las Américas, directores de las Américas, compositores de las Américas, todos en Nueva York. Fue muy difícil. La orquesta terminó grabando dos discos, Mi Alma Mexicana y Travieso Carmesí, e hicimos tres giras internacionales, un proyecto educativo increíble con niños de escuelas públicas en el Bronx y en Harlem e hicimos cuatro ediciones de un concurso para compositores jóvenes latinoamericanos. Empezamos a tener una presencia muy fuerte en Nueva York, pues nuestra audiencia no la tenía ninguna otra orquesta: joven, interracial, de niveles económicos variados, con el puro deseo de vivir una experiencia especial.Fueron diez años de no pensar en nada más, de no tener vacaciones ni fines de semana. Al mismo tiempo estaba estudiando mi licenciatura en piano y haciendo mi maestría en dirección de orquesta. Fue algo increíble que culminó con algo maravilloso que no estaba ni en mis más remotos sueños, que fue la celebración del Bicentenario de la Independencia de México en el Ángel de la Independencia, con mi orquesta, en mi país, tocando música mexicana, apoyada por el gobierno mexicano.

¿Qué significa para ti ser Embajadora Cultural de Turismo?

Ese título, que me honra mucho, es un título que se hizo oficial en 2009, pero que realmente es lo que he sentido siempre, justamente el querer promover a los artistas y a la música de mi país. Estoy dirigiendo como directora huésped en diferentes orquestas del mundo y me muevo de continente a continente y me encanta siempre llevar con mi trabajo una parte de la esencia de lo que es ser mexicano. A mí me encanta llevar un poco de eso hacia fuera y contar la historia, a través de la música, de quiénes somos los mexicanos y cuáles son nuestros valores. Siempre procuro llevar alguna pieza mexicana adonde esté.

Como directora de orquesta, ¿Cuál es el máximo logro al que se puede aspirar? He tenido mucha suerte porque mi maestro, Kenneth Kiesler, nunca me enfiló a una carrera con metas concretas de dirigir cierta orquesta, en tal o cual sala. Y hay una tendencia en la dirección de orquesta, y en general en todas las profesiones, de que debes ser el más joven que llegó, el primero que llegó, el que llegó más fuerte. Esa no es mi idea. Llegar a dirigir las grandes orquestas del mundo por supuesto que es parte de mi ambición y para lo que estoy trabajando, pero para mí lo más importante es el camino y que en ese camino logre mi misión todos los días. Esa misión no se basa en llegar a un lugar en particular, sino en lograr ser una fuente de inspiración positiva para que haya un cambio positivo en la gente a través de la música. Vale la pena tener metas concretas para seguir avanzando y seguir subiendo la montaña, pero no se trata de cuándo llegas a la cima de la montaña. Yo nunca he llegado a la cima y qué bueno, porque entonces no sabría qué hacer.

¿Tienes alguna obra o compositor favorito? ¿Por qué?

Tengo predilectos. Me gusta mucho Stravinsky, Shostakóvich, Mahler, Bach, Beethoven. Pero realmente, como director, tu compositor y tu pieza favorita tiene que ser la que estás haciendo hoy. Tienes que encontrar la manera de enamorarte de cualquier pieza que estés haciendo para poder contagiar eso a la orquesta.

Has trabajado mucho con niños y jóvenes alrededor de la República, ¿Por qué crees que la educación musical es importante para el país?

Desde el principio de mi carrera la parte pedagógica ha sido fundamental, desde que empecé el currículum que desarrollé en el Bronx y en Harlem con los niños de escuelas públicas hasta cuando hice el programa Armonía Social con orquestas infantiles y juveniles en México. Hemos trabajado con la orquesta de Ciudad Nezahualcóyotl, de Tlahuitoltepec en Oaxaca, de Ciudad Renacimiento en Guerrero, y la Infantil y Juvenil de México. Para mí el compromiso con la juventud y la niñez a través de la música es fundamental. No podría llevar mi carrera sin que eso fuera un ingrediente importante. Un niño que toca en una orquesta automáticamente está aprendiendo muchas cosas: la abstracción, la imaginación. También es un niño que es parte de un equipo, aprende a sublimar, a ser generoso, es un niño que pertenece a algo. La música, y sobre todo la orquesta, es uno de los mejores vehículos para curar las enfermedades que tenemos en nuestra sociedad.

¿Hay algún director de orquesta que consideres un ejemplo a seguir?

Es una mezcla. He tenido la suerte de tener un gran maestro, Kenneth Kiesler, a quien admiro y a quien le debo toda la filosofía y la técnica. También he tenido varios mentores, como Simon Rattle, de quien he aprendido mucho de cómo tratar a la orquesta y de su espíritu siempre alegre. Como artista per se, Carlos Kleiber, quien fue un mago. Lo bonito de la dirección es que nadie puede imitar a nadie, uno no puede ser como nadie más. Cuando estás en el podio es como una radiografía y lo único que trasciende es la autenticidad y la honestidad de quien eres. Tienes que encontrarte y pulir las cosas que no te gustan.