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Ojos bien abiertos

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Hay en Ojos bien cerrados, la última película de Stanley Kubrick (protagonizada por la pareja in de los noventa: Tom Cruise y Nicole Kidman), una impecable demostración del estado continuo de inseguridad, inocencia e inexperiencia que habita en el ser humano, concretamente en cuanto a sexualidad se refiere. “Es como una ensoñación erótica de oportunidades perdidas y posibilidades fracasadas”, expresó en 1999 el célebre crítico de cine estadounidense recientemente fallecido, Roger Ebert, sobre la adaptación cinematográfica de Traumnovelle, relato escrito en 1926 por el también médico Arthur Schnitzler, conocido en su tiempo como el “doble literario” de Freud.

La verdadera fascinación que produce Ojos bien cerrados, y tal vez la principal valía que posee, es su complejidad psicológica y su arquitectura, ascendente y esquemática, que tiene la extraordinaria capacidad de hacer que el espectador vuelva una y otra vez a intentar descifrar el abanico que tácitamente el genial director deja abierto durante la cinta.

Stanley Kubrick, quien muriera cinco días después de presentar la versión final de la película a Warner Brothers, nos cuenta una historia colmada de celos y obsesión: el hombre contra sus demonios, el hombre acechado por el deseo de descubrimiento y provocación. Su protagonista, William Harford (interpretado por Tom Cruise), es el estereotipo del treintón exitoso: médico prestigioso, padre y esposo ejemplar, miembro de la clase alta neoyorquina. Para sosegar el desconcierto que su mujer, Alice (Nicole Kidman, maravillosa en su caracterización), le provoca con una confesión de deseos secretos y fantasías sexuales surgidas en el pasado, se abandona, abrumado, dudando de su propio ser e intentando recuperar su seguridad masculina, a un largo recorrido nocturno, a una búsqueda agitada por recodos oscuros y prohibidos donde, al final, se asoma el elemento de la enfermedad, la falta, el delito y hasta la muerte. Es decir, lo que a primera vista parece ser un matrimonio perfecto, termina por convertirse en una relación en jaque.

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La trama de la película se desarrolla en función de esta serie de aventuras eróticas que el protagonista vive durante una noche en la ciudad de Nueva York, y las consecuencias que cada una de ellas tendrá al ser confesada el día siguiente. Sobresale, además, la constante pregunta de si todo o nada de este viaje noctámbulo pertenece al mundo de los sueños del propio doctor Harford. Eso nunca es enteramente revelado, aunque viniendo de un director como Kubrick, la realidad es siempre más asombrosa que la más tenebrosa de las ensoñaciones.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, hoy se puede considerar que estamos ante una obra mayor; una impecable combinación de actuación, dirección, fotografía, edición, ambientación y banda sonora; un proyecto que Kubrick deseaba levantar desde 1968, según confesó su viuda Christiane. El estreno, en julio de 1999, fue todo un acontecimiento cinematográfico, ya que eran enormes las expectativas que el propio cineasta había ido alimentando sobre la película que estaba filmando y que vendría a paliar el ya largo ayuno mantenido desde el estreno de Cara de guerra, en 1987. Se afirma que los detalles del guion se mantuvieron en secreto desde el comienzo del rodaje, allá por noviembre de 1996. Al parecer, el director de Espartaco, Lolita, Dr. Strangelove, 2001: Odisea del espacio, La naranja mecánica, Barry Lyndon y El resplandor impuso a todos sus colaboradores, incluida la pareja protagónica, una cláusula contractual donde se especificaba que el silencio debía ser absoluto hasta la fecha del estreno.

Quince años después, a nosotros nos corresponde afirmar que la novela de Schnitzler fue adaptada con fidelidad y maestría, y que el concepto de “el sexo como arma, como causa, como efecto, como la única respuesta ante el caos” queda plasmado en la pantalla.

Como es sabido, la mayor parte de las películas de Kubrick son referentes de la historia del cine, y Ojos bien cerrados no es la excepción. El último testamento de este particular y obsesivo director consta de 159 minutos que manifiestan sus grandísimas capacidades. Pero, sobre todo, se debe mirar con los ojos bien abiertos de principio a fin: cuando la protagonista, obedeciendo al imperativo de la carnalidad, en medio de la confesión y el desconcierto, anhelando que las inquietantes aguas vuelvan a calmarse y regresen a la normalidad, declara que solo hay una cosa importante que les queda por hacer: “Let’s fuck!”.