Orfeo Quagliata | Hotbook

Orfeo Quagliata

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Un talentoso ítalo-gringo-austriaco-chilango, como él mismo se define, que le ofrece al mundo en sus creaciones la pasión no solo por la materia prima que trabaja —el vidrio—, sino también por la creatividad en sus técnicas e invenciones “fuera de este mundo” que le dan un toque de belleza adicional y nos expulsan de lo cotidiano.
Cuéntanos un poco de tu historia. ¿Cómo te involucraste con el mundo del diseño? Y sabemos que eres un ciudadano del mundo, ¿cómo ha influido eso en el trabajo que realizas?
De dónde soy es la principal pregunta. Nací en San Francisco, en una comuna de artistas llamada Project One, un lugar de ocho pisos en el que cada uno tenía diez artistas diferentes. Era un lugar muy extraño, muy novedoso y muy interesante. Pasé todos mis veranos en Italia y todos los inviernos, en Viena.

Mi abuela era una gran joyera que hizo, por ejemplo, el collar preferido de la reina de Inglaterra. Mi abuelo, por parte de mi padre, era un arquitecto que, entre otras cosas, diseñó el Teatro Lido en Venencia, donde hoy en día se lleva a cabo la Bienal. Mi mamá era una artista de tejidos que realizó exposiciones alrededor del mundo y mi padre trabajó siempre con vitrales, e hizo el domo de la Basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires, último proyecto de Miguel Ángel.

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Viví en Barcelona, en Milán, en California mientras estudiaba mi carrera… hice siete años de diseño industrial y mobiliario, arquitectura, entre otras cosas. La verdad es que nunca quise hacer vidrio, porque trabajé con eso desde los seis años en la fábrica de mi padre; pero, como buena familia siciliana, no importa qué tanto intentes alejarte, te jalan de regreso a la profesión de familia. Después de eso viví en Bali, decidí que no iba a practicar nada de lo que había estudiado y me pasé un año y medio surfeando y poniendo un hotel en ese lugar increíble. Mi papá me llamó después de ese tiempo y, con mucho trabajo, me convenció de que era tiempo de regresar; y lo hice, para empezar una fábrica de vidrio con él. Decidí que no quería hacer pisapapeles y las cosas que hace todo el mundo con el vidrio, me pregunté si podría traer algo nuevo a este mundo y modificar los procesos para crear algo diferente. Eso fue hace casi quince años. Aún soy socio del hotel, pero no he regresado en quince años porque siempre hay mucho trabajo, pero sé que el mar siempre va a estar ahí, yo tenía que estar acá.

Mi marca se llama Phuze, escrito de esa forma porque soy un poco disléxico y escribo las cosas mal, por lo que me representa bastante bien; pero tambien se llama así por “fundir”, fundir el vidrio y fundir nuevas ideas.

De todos los lugares en los que he estado me he llevado un poco: el mar de Bali, la cultura de Barcelona, las joyas de Milán, el gran teatro de Viena y el Concert Hall lleno de oro y lujo, de San Francisco, un poco de cada artista de la comuna y la vida en el taller de mi padre. Todo eso me ha beneficiado para hacer un poco de todo, sabiéndolo o no, todos los lugares me han influenciado de alguna manera.

¿Qué encuentras de inspiración en México? ¿Qué te ha hecho permanecer trabajando aquí y no moverte durante quince años?
México me inspira mucho. El destino me puso aquí, pero me he quedado gracias al equipo que hemos formado, a la familia que ahora somos; la mayoría tiene muchos años trabajando aquí y están totalmente dedicados a lo que hacemos. Por otro lado, México lo tiene todo, en un par de horas puedes estar en la playa o en Valle de Bravo, subir el Tepozteco o ir a cualquier otro lugar. México para mí es hogar, nunca pienso irme.

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¿Un artista nace o se hace?
Yo creo mucho en la genética; pero cuando no estás rodeado de creatividad puede ser que esta no se desarrolle. Respeto mucho a las personas cuyos padres son abogados, contadores o médicos y terminan realizando un trabajo creativo, porque es mucho más difícil que en mi situación. Creo que no te puedo contestar esta pregunta objetivamente, ya que toda mi familia está formada por creativos, y además crecí rodeado de creatividad y arte. Sin embargo pienso que las ideas creativas son solo el 2% de lo que te llevará a algún lugar, debes armar procesos, el empaque, llevar tu contabilidad de forma correcta y muchas otras cosas para que funcione. Ser creativo es una parte, pero se necesita hacer toda la otra parte —que es la más difícil— para tener tus creaciones en el mundo.
¿Con qué empezaste? ¿Y cómo se ha ido ampliando tu espectro?
Empecé con joyería de vidrio, por la influencia de mi padre y mi abuela. Después de eso me fui moviendo conforme a lo que iba aprendiendo: diseño, arquitectura, diseño de muebles, etcétera. Pero lo que más me gusta es inventar nuevas técnicas, hervir el vidrio, juntarlo con serigrafía y ver qué resulta, hornearlo, rebajar y pegar partes o materiales diferentes. La inspiración de lo que hago, a veces, es simplemente jugar y ver qué resulta de lo que hacemos, de estas nuevas técnicas. Para mí hay tres tipos de diseño: el primero es hacer un prototipo, planearlo, dibujarlo y después intentarlo; otro es cuando ya conoces muy bien el material y puedes saltarte la parte del prototipo e ir directo a la producción; y, por último, el diseño por coincidencia, cuando por algún error aprendes a hacer algo nuevo, un accidente que se vuelve una nueva técnica.

¿Nos podrías explicar paso a paso, de manera muy sencilla, cómo realizas alguna de las cosas que fabricas?
Un anillo será un buen ejemplo. Hacemos un anillo que se llama bling ring. Fue de los primeros anillos que diseñé hace quince años. Compramos varilla de Murano, con un soplete la calentamos y en un mandril (un cono con el que se miden los anillos) se calienta. Se mete al horno a enfriar parcialmente, ya que se encuentra a una temperatura más baja que en el mandril y, ya con la forma correcta, se lleva a la zona fría, donde cortamos, rebajamos y pulimos el vidrio. Se le da un ángulo para que sea cómodo en el dedo, y luego se rebaja con una piedra muy dura y agua. Se lija y después se lleva a un corcho que también sirve para rebajar. Después se lleva a un barro —bastante sofisticado, pero esencialmente barro— en el que se pule lo que ya se rebajó. Pasa después por una rueda de fieltro que se mueve rápidamente y un líquido blanco que se llama óxido de cerio, lo que le da el brillo final al vidrio. Pasa por control de calidad, revisamos que no tenga rayas o burbujas, para finalmente poner el logo con un stencil y una pistola de arena. Empacamos y listo.

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Si escogieras algún lugar en el mundo que representara tu trabajo, ¿qué lugar sería?
Sería el centro de la Tierra, donde se encuentra la lava, que es esencialmente lo que forma el vidrio… la obsidiana que sale de los volcanes se convierte en vidrio. Pero, en realidad, creo que tendría que ser fuera de este mundo, un lugar como Saturno o Marte.

¿Cuál es la pieza más importante que has hecho? A cualquier nivel, por su dificultad o por algo personal.
Hay muchas. Cada pieza que estoy haciendo es la más importante para mí. Me canso muchísimo de las piezas que ya hago, una vez que la técnica está totalmente desarrollada ya no es tan importante para mí. Pero si tuviera que escoger una en particular, sería un botiquín de plástico que hice cuando todavía estaba en la escuela, tenía la forma de una pastilla que se abría. Tuve producción de eso y se vendió, e incluso se publicó en revistas. Me dio muchísima confianza, por eso es tan importante para mí.

¿Dónde podemos encontrar tu trabajo comercializado?
Aquí en México, en Common People, en la tienda de Taracea, en Blend y en Casa Palacio. Pero vendo alrededor del mundo, por ejemplo en el MoMA, en Barney’s, en Neiman Marcus, varias tiendas en Japón, en Australia y en tiendas de museos. Hay puntos de venta en más de quince países.

¿Nos puedes contar la historia de algún proyecto en particular?
Un día decidí hacer hongos con un amigo mío. Tomé pedacería y cosas que teníamos tiradas por la fábrica y me dediqué a hacer este proyecto. Tres semanas después me dijeron: “¡Orfeo, no hemos enviado ningún pedido!”, y a mí no me importó, yo quería hacer hongos. Hicimos eso diario, durante tres meses, hasta que dejó de funcionar mi tarjeta de crédito y me dijeron que había pasado todo ese tiempo sin mandar pedidos y, por lo tanto, sin que entrara dinero. Los contamos y teníamos 890 hongos de diferentes tamaños y colores, entonces había que venderlos. La casualidad fue que Barney’s estaba lanzando una tela de Missoni que justamente era de hongos, les encantó la idea y nos los compraron casi todos para llenar sus vitrinas en Madison Avenue. La verdad es que cuando me apasiono por algo me es muy difícil dejarlo o hacer algo más.

Cuando hago proyectos con clientes o arquitectos, me entrego totalmente al proyecto. Hace poco un cliente con una casa en Valle de Bravo me pidió que le hiciera un espejo para que en una pared se pudiera ver reflejado el lago. Mi primera reacción fue pensar: “Yo no hago espejos”, pero al final era un reto, así que decidí hacerlo. Me tardé tres años y más de doscientas muestras en desarrollar unos espejos facetados que ahora están puestos en su pared. Desarrollé ángulos, luces, pusimos espejos dentro y luces, para que se viera el espejo infinito y que la luz se reflejara por todas las salidas. El cliente me dijo algo muy especial: “Orfeo, este proyecto es como un bebé, necesita su tiempo de madurez y nutrición”, entendió que estaría listo en su momento y que el proyecto tomó vida propia. Tardé tres años, pero era lo que necesitaba este proyecto en particular.

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¿Qué es lo más gratificante de lo que haces?
Estar en el taller innovando procesos y colaborar con otros artistas, arquitectos y diseñadores. Un poco de todo. Pero lo que más me gusta es sorprenderme con los procesos nuevos que estamos haciendo. Cuando me despierto sentado, supertemprano, queriendo venir a abrir el horno para ver lo que estamos haciendo, hasta mis chavos me tienen que poner en orden y no dejarme abrir el horno cuando aún no es tiempo.

Si nos pudieras recomendar un lugar al que siempre regresarías en el mundo, un hotel, un café, un restaurante, ¿qué lugar recomendarías?
Si hay un lugar en el mundo que recomendaría sin duda es Mortorio, un lugar en Cerdeña. Es una bahía a donde íbamos en barco, con grandes piedras desde las que nos aventábamos al mar con agua cristalina. Cada vez que pienso de forma negativa recuerdo este lugar, la paz que me daba y la diversión que viví ahí.