UGANDA: el encuentro novelesco de los gorilas

UGANDA: el encuentro novelesco de los gorilas

Había leído libros, había escuchado leyendas y aventuras, había visto películas y documentales, pero todo eso no es nada comparado con la sensación al momento del encuentro con los gorilas en su hábitat, dentro de ese bosque húmedo de Uganda. Mi emoción fue tan fuerte que marcó mi alma para siempre, y cada vez que recuerdo esa fabulosa aventura, mi cuerpo entero se estremece.

Un largo vuelo me llevó a Nairobi, donde me instalé en un hotel de gran tradición, el Norfolk de Fairmont, que ha cumplido más de 100 años de existencia, lleno de memorias de safaris y aventuras coloniales. Es como viajar en el tiempo y fue mi base ideal para explorar Uganda, el Serengeti, Ngorongoro y el Massai Mara. Con “I remember of África…”, ese nostálgico suspiro, empieza el célebre libro de Karen Blixen Out of Africa, y al entrar en el Norfolk, sentí su presencia por los pasillos y salones.

El hotel abrió sus puertas el 25 de diciembre de 1904, con la meta de permitir a los primeros colonos ingleses es- capar las duras condiciones de Kenia. Era el primer ‘base camp’ de los exploradores que buscaban oro, el nacimiento del Nilo, la compra de tierras, y de los cazadores. Theodore Roosevelt se quedó allí cuando realizó su expedición científica y safari en 1909, después de ser presidente de los Estados Unidos, y en 1985, el Norfolk sirvió de escenario para la película Out of Africa con Meryl Streep y Robert Redfort.

Un corto vuelo me llevó a En- tebbe, un pequeño aeropuerto internacional al lado del lago Victoria, ese gran lago por donde pasa el Nilo, a 40 km de la capital, Kampala. Una vez sellada la visa en mi pasaporte, descubrí ese pueblo famoso por el ataque de los militares israelíes para liberar el avión de Air France secuestrado por terroristas palestinos en 1976. Casas dispersas, una sola avenida con cuatro edificios,

un pueblo que se anima con agradables restaurantes a la orilla del lago donde se come con los pies en el agua, así es Entebbe, donde me alojé en el hotel Boma (antigua casa de un colono inglés) y en el Karibu Guest House, en las colinas verdes de África.

Desperté de madrugada antes del canto de los pájaros y en el silencio de la noche que se desvelaba, me encaminé al aeropuerto. La avioneta nos llevó a Kihihi, en el sur, después de volar sobre el lago Victoria y sobre las colinas deforestadas y habitadas, aterrizando en Kisoro para cargar pasaje- ros, casi frontera con Ruanda. Siguió el vuelo sobre lagos y valles antes de atravesar el Parque Nacional de Bwindi y aterrizar en la pista de tierra. La bruma apenas se levantaba mientras esperaba el chofer que llegó tarde con el 4×4. La aventura se calzaba en mi vida y nos fuimos al Queen Elizabeth National Park que hace frontera con Republique Démocratique du Congo. Los monos me dieron la bienvenida, encontramos unas gacelas Thomson y de Grant, unas manadas de elefantes, búfalos, topis, hienas. Mi emoción culminó con el encuentro con un león durmiendo su siesta en una gruesa rama de un gran árbol, con el ojo entreabierto para ver lo que pasaba a su al- rededor, gozando del aire que circulaba por las ramas, me sentía como Burton en busca del manantial del Nilo.uganda-portadaObservamos más animales hasta llegar al rincón del paraíso, junto al río Ntungwe, en el Ishasha Wilderness Camp, donde el comedor me invitó a sentirme el rey de la sabana con vista al río donde unos cocodrilos tomaban el sol y unos elefantes venían a refrescarse. Las habitaciones son unas lujosas carpas de estilo rústico chic, hundidas en el bosque. Me sentía Tarzán, Hemingway, Denys Finch Hatton, el héroe de Out of África.

Nos encontramos con gruías, cobos (Kobus kob) y más leones que animaron el regreso a Kihihi para tomar la carretera de tierra roja que atraviesa colinas, pueblos, campos cultivados, plantaciones de té y café hasta alcanzar la entrada del Parque Nacional Bwindi, donde me instalé en el Buhoma Lodge, dentro del parque. Las habitaciones de madera adornaban una colina y se alcanzaban por escaleras desde el restaurante, en medio de una selva húmeda intacta. Los ruidos de la selva acompañaban mis noches, las ramas estremecían la paz del bosque, los pájaros pintaban de colores lo verde de las hojas. Era mi refugio idílico en la jungla como si fuese la casa de Tarzán.uganda4Temprano llegué a la entrada del parque, donde me encontré con otros aventureros, rodeados de guardias con rifles. Uno de ellos nos dio la explicación de cómo reaccionar durante el encuentro con gorilas, de no acercarse a menos de 7 metros, como reírse, no enseñar dientes, no correr, observar y dejar que ellos se acerquen. Formamos un grupo de 8 personas y se nos asignó un grupo de gorilas, una familia localizada por los trackers.

La aventura empezó por senderos mojados, pasamos por 16 ríos y cascadas, observaba las plantas, hongos, pájaros y mariposas, el calor hacía sudar, me refrescaba en los arroyos, hasta que alcanzamos el encuentro. Mi caminata fue corta, pero durante esas 2 horas, disfrutaba de cada vista, árboles, insecto o pájaro. Al final, la emoción fue fascinante. Los gorilas estaban en su zona donde encontraban sus alimentos favoritos y nos instalamos en medio de la maleza para observarlos durante una hora. Algunos pasaron a me- nos de un metro de distancia de mi, y me generaron escalofríos al observar el gran tamaño de sus colmillos. Una hembra se interesó en mí el tiempo de una mirada, intercambiamos el fondo de nuestras almas, los otros caminaban, comían, los bebés jugaban, el encuentro era fabuloso. El macho, lomo plateado, rodeado por las hembras y bebés, vivía a su ritmo, no hacía caso de la gente y las cámaras, su tamaño era impresionante y debía pesar cerca de 300 kg.

No me sentí amenazado en ningún momento, se estableció una comunión perfecta, unos se limpiaban las uñas, otros observaban y se acercaban sin tocarnos. Sentía una comunión perfecta entre los dos primates; los expertos dicen que los genes de los gorilas son compartidos con el humano al 98%. La impresión es tal, que el acercamiento con un animal tan fuerte y salvaje me tenía estupefacto. Algo excepcional que vale todos los viajes del mundo. Sus ojos pedían amistad y cariño, eran un reflejo de nosotros y el encuentro fue maravilloso.

A la hora, el guía nos avisó del retiro para que los gorilas siguieran su vida normal, que sintieran que fue solamente una visita de animales blancos y que la vida seguía igual, sin que se acostumbraran demasiado al humano. Para mí, la experiencia fue fabulosa, llena de emociones, fuera de serie y me llenó la mente para la eternidad. Es difícil dejar ese fuerte encuentro, y de regreso al lodge, sudado por la caminata, disfruté una cerveza helada, con la cabeza pensamientos sobre lo que me provocó la fuerte relación que se había establecido con ese potente animal con mirada dulce. La lluvia acarició mi sueño agitado, azotado por esa fábula con gorilas.

Al día siguiente, fuimos por un camino diferente, nos llevaron por la jungla donde encontramos otros monos, pájaros, mariposas, una vegetación violenta con helechos arborescentes gigantescos; pasamos por una cascada de 3 niveles, hundida en la selva. El calor era fuerte y la humedad pesada, en el agua transparente me sumergí para refrescarme. Finalmente, después de 5 horas, encontramos nuestro grupo de gorilas, el lomo plateado dormía y las hembras nos observaron con gran curiosidad. Una se acercó y me rosó al pasar, su olor era fuerte y su aliento espeso, el macho levantó un párpado, y la hora se nos fue como un soplo. La emocionante aventura se había repetido con intensidad.

A la mañana siguiente, regresamos por una carretera de tierra roja, los niños andaban con sus bicicletas hechas enteramente de madera, incluidas las ruedas y el volante, las mujeres iban al mercado, el tiempo en el pueblo transcurría con tranquilidad y paz. En el aeropuerto, la avioneta llegó, me llevó por encima de los lagos Edward y George, aterrizamos en Mweya sobre una pista de tierra donde se atravesaban focóqueros y gacelas, y finalmente alcanzamos Entebbe.

La magia terminaba, el encuentro con los gorilas quedaba grabado en la memoria y en las fotos para siempre con una intensa impresión. La aventura me llenó de fuertes emociones por el acercamiento íntimo con un animal salvaje tan potente y pacífico, con un intercambio de miradas amistosas. Sé que el gorila puede ser peligroso y sin embargo, existe un acuerdo mutuo y secreto entre ellos y el hombre que hace que la aventura sea uno de los episodios más emotivos de mi vida.

De regreso a Nairobi, me instalé en The Norfolk Hotel, donde las fotos en los muros cuentan la historia de los exploradores y de los tiempos de la colonia inglesa en África. Soñaba bajo el son de los pájaros que animaban el jardín encantado, revivía esa aventura en la neblina con los gorilas, antes de seguir con los safaris en Kenia y Tanzania para descubrir elefantes y leones, jirafas y guepardos.

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