Y me puse a rodar | Hotbook

Y me puse a rodar

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Jueves. Desperté con ese dolor muscular que indica horas de esfuerzo y perseverancia física pues la noche anterior había rodado por toda la ciudad de México. Alguna vez pensé que las calles eran para los coches, los camiones y los peseros, hoy me retracto. Como el alto porcentaje de los habitantes de la cuenca mexica, por años utilicé una máquina casi diez veces mi complexión para moverme pues, en teoría, era la forma más “rápida y cómoda”, pero en la práctica, me quemaba entre una y dos horas diarias inmovilizada, sobre cuatro ruedas, en la llamada ciudad en movimiento. Éramos yo, mi nave y la prisa contra el tiempo y la ciudad cuando recordé las palabras de José Alfredo Jiménez Sandoval: “…no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar…”.

Desempolvé mi auto y lo vendí. Con el dinero me fui de viaje y me compré una bicicleta: La Chola, como la nombró un trabajador de banco. Me subí y comencé a pedalear. Ella se convirtió en mi fiel corcel de batalla por las calles. La pimpié a mi antojo: luces, estampas y mejores frenos. Entendí que la calle es de quién la transita y los autos, aunque sean mayoría, no tienen más derechos pues el respeto debe ser por ambas partes; tanto del ciclista como del automovilista. La urbe volvió a ser mi confidente y aliada. En bicicleta, a diferencia del transporte público y el automóvil, sí puedes calcular y repetir el tiempo que te toma llegar de un lugar a otro con una sonrisa en la cara. Eso buscaba.

Usarla diario ha provocado que los días y las noches hayan recuperado su longitud ancestral y mi cuerpo se ejercita. Mientras te mueves puedes observar la ciudad y el cielo en cada pedalear o llegar a casa con tiempo para disfrutar de una siesta o de Cómo leer en bicicleta de Gabriel Zaid, , en fin, el tiempo libre es tuyo. Ahora, vuelvo a disfrutar de mi movilidad y a pesar de todo el tiempo que pasé en el tráfico me queda claro que “una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar…”

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