Amazonas en primera clase

Viaje al Amazonas

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Tres días de travesía, partiendo de Iquitos, para adentrarse en el corazón del Amazonas peruano. Un viaje al interior de la jungla, visitando comunidades nativas al calor de la sorprendente ora y fauna que habita el extenso río. Crónica de una travesía de lujo a bordo de un crucero boutique en medio de la selva más grande del planeta.

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I

El horizonte no tiene contrastes, no hay profundidad, parece un daguerrotipo. Hay bruma espesa que permanecerá flotando, inalterable, hasta media mañana. No todo es color esmeralda en el Amazonas. Tampoco marrón. Ni siquiera verde. Hoy, por ejemplo, es gris. Toda la humedad de la cuenca de agua dulce más grande del planeta parece condensarse entre este cielo en tinieblas y un río tristón, que devuelve el reflejo pálido de una jungla a la que siempre había imaginado radiante.

Y así serán todas las mañanas de una travesía de tres días con sus noches a bordo del Delfín, un crucero para aventureros de lujo, quienes quieran descubrir el Amazonas sin despeinarse.

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II

Habrá que transpirar y embarrar- se un poco –apenas lo necesario–, pero dormiremos con aire acondicionado entre lienzos de algodón, en suites tan confortables como las de un hotel cinco estrellas. Come- remos como en los mejores restaurantes citadinos y beberemos all inclusive whisky, gin, vodka, cerveza y aperitivos locales: Delfín Drink, hecho con jugo de cocona, o Camu Camu Sour, elaborado con otra de las cientos de frutas silvestres propias de esta selva desmesurada que se expande por nueve países: Brasil, Perú, Colombia, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Guyana, Surinam y Guyana Francesa.

El Delfín es una embarcación de tres pisos de madera, estilo rústico-chic, con habitaciones amplias y ventanales enormes para que el pasajero no olvide nunca donde está, en el Amazonas, el río y la floresta. La jungla es excesiva, descomunal, voraz. El barco zarpa desde el puerto de Nauta, a 115 kilómetros de la legendaria ciudad de Iquitos, en Perú, hasta donde solamente se puede llegar en avión o en barco. La única carretera pavimentada de la región es la que cubre este tramo, que tiene su punto cero en Iquitos y se diluye en Nauta, justo frente a la Reserva Nacional Pacaya Samiria, dos millones ochocientos mil kilómetros cuadrados de extensión, un retazo gigante de selva.

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En la cubierta superior hay una sala de estar cerrada, con biblioteca y juegos de mesa, donde los guías brindan charlas explicativas y pasan documentales.

Un piso más abajo, en el centro de la embarcación, está el restaurante. El menú es una mezcla de cocina de autor con platos regionales. La doncella, que es el pescado más popular de estas tierras, se sirve aquí con tres salsas (cilantro, cocona y ají amarillo) y un filete se acompaña con nueces brasileñas, ají dulce y una reducción de coco- na; hay palmitos con semilla de macambo y crema de aguaje, una palmera en cuyos troncos caídos anida un gusano llamado suri, una delicatessen amazónica, que se puede comer frito o incluso, en forma de helado.

III

Ahora debo saltar de la cama, tomar un desayuno exprés, y abordar de inmediato una de las lanchas que viajan colgadas a los lados del barco para no perder la primera excursión del día.

A bordo ya están listos mis compañeros, con teleobjetivos en mano, vestidos de exploradores. Unas veinte caras nuevas de todos los puntos del planeta que en cuestión de horas serán viejos conocidos. Entre ellos hay una pareja de alemanes de alrededor de 60 años; él es biólogo y lleva un equipo fotográfico descomunal. También una pareja limeña, él tiene más de cincuenta y ella unos cuarenta. Él es un alto directivo de la bolsa de Lima, y la mujer es ejecutiva de un banco. Y una pareja de lunamieleros españoles que vienen de un viaje que los llevó en pocos días de Machu Picchu a Cusco.

En los próximos días, estaré con ellos compartiendo desayuno, almuerzo y cena; tragos, charlas, documentales y excursiones selva adentro. Siempre acompañados de Rudy y Reny, los guías, nativos del Amazonas, hombres de cabello oscuro y piel cobriza, curtida, que conocen cada palmo de esta jungla. Los responsables de que nosotros, viajeros con ansias de exploradores, seamos felices durante el letargo amazónico.

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IV

Euclides es moreno, tiene el cabello lacio color azabache y lleva una camisa verde, desteñida, de Billabong. Se presenta extendiendo su mano áspera, que estrecha con desgano. Dice su nombre en voz baja y hay que pedirle que lo repita. No se le entiende bien cuando habla español, será por su acento del Amazonas; será por la timidez, que le hace tragar las pocas pa- labras que pronuncia. Después, desaparece.

Estamos en las inmediaciones de la comunidad San José, el hogar de Euclides, pero no vemos ni una casa, solo el universo vegetal. “Esta es la pona palma, que fue utilizada con muchos fines por los nativos”, explica Reny, señalando la palmera. “Es una madera muy suave y la usaban para hacer el piso de las casas, la gente duerme sobre ella sin colchón”, dice, mientras Euclides aparece, repentinamente, con un bicho entre manos. “Es un escorpión”, indica Reny. Euclides lo sostiene con firmeza, mientras estudiamos el bicho y hacemos fila para sacarle fotos. “Es marroncito. Pica, pero no es venenoso”, asegura Reny.

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Euclides se va, pero vuelve de inmediato: ahora trae una tortuga acuática, la muestra al derecho y al revés, pero el animal no asoma la cabeza, que atesora en su caparazón prehistórico. “La gente se la come”, interviene Reny, mientras Euclides la apoya en el piso. Como cualquier cosa que se mueva en la selva, es comestible. Están protegidas, pero…” La mecánica del escorpión se repite y to- dos hacemos fila para tomarle fotos. Euclides se pierde en la mata nuevamente, para volver poco después. Ahora llega agitado. Trae una tarántula enorme, de patas largas y cabeza gigante, que posa sobre la hoja de un banano. “La mordedura de la tarántula es fuerte –interviene Reny–. Pero no mata. Si no la aprietas, no te pica”.

Avanzamos con cautela. Reny continúa hablando de la flora, señala unas heliconias y unas bromelias. “Hay un ecosistema muy pequeño ahí. Puedes encontrar sapos, insectos y hasta víboras”, explica el guía mientras Euclides vuelve al trote. Ahora sostiene un tronco con una víbora enroscada. “Es una anaconda”, balbucea, y la toma de la cabeza. La serpiente se enrosca en su antebrazo. Asombrados, la observamos y fotografiamos. La anaconda nos mira fijo, tiene la boca y los ojos bien abiertos, parece desconcertada.

Seguimos adelante. Reny se detiene ahora frente a otro árbol, apoya su mano sobre la corteza y dice: “Este es el caucho. En 1880 empezó el boom en Iquitos, que trajo cosas buenas y malas. En el principio, un montón de gente fue a la ciudad a trabajar, y trajo bienestar y desarrollo, pero también hubo crímenes”, asegura, y omite la parte de los delitos. Para llevarse el fruto de la riqueza, los barones del caucho explotaron y esclavizaron a los nativos, llevando a muchas etnias a la extinción.

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Caminamos. Nos detenemos en un claro, donde hay un árbol gigantesco, un ficus estrangulador de raíces tan gruesas y largas que parecen querer conquistar la selva entera; es el “Árbol Abuelo”. Euclides trepa en dos saltos, sonríe para las fotos, baja corriendo, desaparece y vuelve, una vez más, correteando entre las lianas. Ahora sorprende con una ranita color rojo fluorescente, que trae sobre otra hoja y mantiene agarrada con su dedo pulgar sobre una pata. “Es venenosa”, avisa Rudy. “¡Ay, mi madre!”, exclama horrorizada la ejecutiva bancaria. “Yo tengo el antídoto”, avisa el paramédico que nos acompaña. Y el marido pregunta. “¿De dónde la agarra, de la cola?”. “No tiene cola, de la patita”, responde el guía, y Euclides vuelve a esfumarse.

Volvemos al Delfín, hambrientos. De pronto, se escuchan gritos. Alguien avisa que encontraron una boa y entonces apuramos el paso. “Euclides acaba de sorprenderla trepando un árbol”, dice una pasajera estadounidense, que está de pie a un metro de la víbora, intentando hacer foco, mientras la boa se desliza con cautela y la bancaria limeña comenta: “Yo creo que Euclides tiene una cajita y va sacando los animalitos de a poco”.

V

Hasta el momento, el único poblador con el que tuvimos con- tacto fue Euclides. Vimos aldeas al pasar, construcciones precarias con techos de paja a la vera del río. Vimos pescadores lanzando y recogiendo sus redes; vimos pobladores viajando a bordo de los “peque-peque”, los frágiles botes de madera que son el medio de transporte dentro de este mundo fluvial.

La Amazonía es el hogar de diversas etnias que viven de la agricultura de subsistencia: pes- can, cazan, siembran maíz, porotos y recogen bananas. Se dice que en la región existen tribus no contactadas, aunque Reny asegura que en Perú ya no quedan grupos sin contactar. Dice que casi todos hablan español, sobre todo los que están cerca de los grandes ríos.

Algunas comunidades se ven favorecidas por el turismo, como en el caso de las que son visita- das por los pasajeros del Delfín. La embarcación alterna su recorrido “para que todos sean beneficiados”, según Reny. La que toca en suerte en nuestra travesía se llama, casualmente, Ama- zonas. En esta aldea viven unas trescientas personas en casas de madera, pintadas de azul o verde aguachento. Algunas tienen techo de paja y otras ya lo reemplazaron por el de chapa, como parte de un programa del gobierno.

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La maloka es el quincho comunal, el espacio donde se toman las decisiones comunitarias y donde ahora un puñado de mujeres y niños nos esperan con sus artesanías: platos, recipientes, bandejas y muñecas hechas con fibras y maderas autóctonas. Al lado de la maloka hay una cancha de fútbol, y más allá, el jardín de infantes, la escuela primaria y la secundaria. Todas las casas tienen panfletos electorales pegados en el frente, pero no hay servicios médicos básicos. Por eso, ni bien desembarcamos, una docena de pobladores se acercan primero al paramédico. Piden ayuda, que revise a los niños, que les dé medicamentos.

“Muchos no tienen dinero para el pasaje, por eso no van hasta Nauta”, explica el doctor, mientras recorremos la comunidad. En el camino nos topamos con unos misioneros de una ONG estadounidense que están instalando un pozo de agua y ni nos miran. Algunos de los pasajeros llevan regalos para los niños: útiles escolares, cepillos de dientes y juguetes que Reny se encarga de entregar a la persona indicada para que reparta. Hay tiempo para ver y comprar artesanías, visitar el jardín de infantes, entablar pequeños diálogos con los pobladores, los chicos y la maestra, que viene todos los días desde Nauta y dice estar muy feliz con su trabajo.

VI

Todos los días son iguales, pero deparan alguna sorpresa. Hay que madrugar, saltar a la lancha e incursionar en canales y quebradas. Ya brindamos con Camu Camu sour a nuestro paso por la unión de los ríos Ucayali y Marañón, donde nace el río Amazonas, que discurre 700 kilómetros hasta Tabatinga, en la frontera brasileña. Desde ahí, el caudal sigue su curso de más de 4 mil kilómetros hasta desembocar en el océano Atlántico.

Ya nadamos, a pesar del miedo a las pirañas, y remamos en kayak al atardecer. Ya vimos el jabirú, un ave señorial. Ya descubrimos a los monos capuchinos, los monos ardilla y los monos nocturnos. Ya avistamos garzas de todo tipo, gavilanes, osos perezosos y el famoso delfín rosado, que es mucho más grande que el de mar. La leyenda los popularizó como los sementales que embarazan nativas: cuando no hay padre a la vista, el delfín tiene la culpa.

Pero aún no vimos manatíes. Los manatíes son muy complicados de encontrar porque se esconden. Las embarcaciones los lastiman con sus hélices y los nativos los cazan, por eso están en peligro de extinción y son esquivos. Tampoco veremos lobitos de río, pero sí encontraremos uno que rankea alto: el caimán.

Partimos en busca del lagarto sudamericano antes del poniente. Surcamos un canal y nos adentramos en un estero, donde solo se puede navegar en temporada de lluvia, cuando está lleno. Volvemos hacia el canal a pescar pirañas –es una de las actividades que figuran en el pro- grama–, mientras esperamos la noche, el mejor momento para divisar al caimán.

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Reny dice que los descubre fácilmente por el resplandor de sus ojos, y entonces, apenas oscurece, enciende una linterna. Navegamos lentamente y en silencio. El guía viaja de pie, en la proa, alumbrando a uno y otro lado del río. Reny está entrenado en el arte de encontrar bichos en don- de otros no vemos nada. “!Ahí, ahí!”, chista y repite, una y otra vez, pero a los forasteros nos cuesta encontrarlos.

El caimán asoma la cabeza y, apenas Reny le apunta con la linterna, vuelve a hundirse. El guía se lamenta, dice que no nos volveremos hasta poder ver uno de cerca. Está ofuscado, pero cada vez que nos acercamos, el caimán se escabulle. Hasta que, al fin, le ordena al capitán una maniobra rápida. Cuando la embarcación se detiene en la costa, el guía no duda: sumerge sus pies en el agua, y, temerario, sorprende al caimán. En un solo movimiento lo toma del cuello y la cola, y lo sube a la lancha. El caimán pare- ce aterrado, no ofrece resistencia a las garras del guía, que lo alza y enseña como el trofeo más preciado, e invita a posar para la foto. Los flashes chispean en la noche cerrada del Amazonas.

Más información:
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