Bestiario Pardo, experiencias en los bosques del pacífico canadiense - portada grizzly bear oso café naturaleza animal

El silencio ancestral de las ensenadas en la costa de la Columbia Británica deja claro al visitante que este entorno tiene poco de humano y mucho de sacro. Las coníferas de los bosques lluviosos de la región custodian secretos y tesoros anteriores a los primeros hombres: es el bosque del grizzli. Cuando la nieve se derrite ante el estío, durante unas semanas la costa del Pací co canadiense se convierte en un verdadero bestiario.

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De su lado pacífico, el continente americano se enfrenta al agua guarecido tras una de las cadenas montañosas más largas del planeta. En su extremo septentrional, donde el hielo reina la mayor parte del año, la benevolencia del océano da un respiro a la vida alejando el frío tierra adentro. En esta costa montañosa tapizada de clorofila, los abetos, cedros y demás pináceas se yerguen desafiantes, como si la física no fuera con ellos. Estos castillos de madera son el palacio de verano de uno de los mayores mamíferos terrestres del planeta. Aquí, el oso grizzli se corona como bestia entre las bestias.

El Reino del Gran Pardo

En latitudes canadienses, la vida queda prácticamente reducida a aquello que sucede cuando el hielo se ausenta. En esta tierra, cuando el mayor de los osos pardos no reina, lo hace el silencio. Después de meses de calmo frío, el correr de la escorrentía del deshielo pone fin tanto a la quietud como al regio sueño invernal. Tras seis meses de hibernación, los grizzlis abandonan sus residencias de invierno. Desde las alturas de la cordillera de las Cascadas, estas fieras descienden al litoral decididas a comerse el mundo.

Y no es un decir. Guiados por un olfato excelente y un estómago vacío, los escuálidos pardos recorren las laderas en deshielo directos a reclamar su trono estival. En una especie de reconquista primaveral, los osos grizzli acompañan al líquido elemento en el descenso hacia la mar. Sabedores de que el esfuerzo será recompensado, la promesa de festines opulentos no es cuestión de lujo, sino de supervivencia.

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Al mismo tiempo, otra bestia emprende una reconquista en sentido opuesto. Lo que este animal busca es alejarse del agua salada y ascender las frenéticas corrientes dulces tierra adentro. Hordas de salmón, rey de los mares del norte, llegan imponentes a las costas canadienses obcecadas en alcanzar lo más alto. Y es que, cuando la motivación es asegurar la perpetuidad de la especie, ir contracorriente se convierte en la más loable de las hazañas. Sin embargo, llegar a las altas y dulces cunas que arrullarán su descendencia exige un alto tributo. El rey de los mares paga con su vida el poder desovar en el Reino del Gran Pardo. Los que no son devorados por otras bestias, perecerán exhaustos al terminar tan apasionante y pasional viaje.

Uno de los grandes espectáculos de la naturaleza tiene lugar cuando se produce el real encuentro. La llegada de este embajador de los mares supone una invitación irresistible para las bestias de otros reinos. Desde los aires, una presencia majestuosa vigila paciente. Esta criatura emplumada custodia el silencio invernal cuan- do todos se van y asiste paciente a su regreso en los meses estivales. Coronada con un penacho blanco, el águila calva surca los aires de la costa con un sigilo que se antoja imposible para una envergadura de hasta más de dos metros.

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Un halo de misterio rodea el planear enigmático del águila de cabeza blanca. Su presencia, solemne donde las haya, siembra la duda de si este ser pertenece a nuestro mundo o solamente está de visita. Pareciera que con un par de aleteos el ave de cabeza blanca pudiera elevarse hasta donde ni el
Gran Pardo puede verla. Sin embargo, su condición mundana se evidencia cuando la reina de los cielos no puede resistirse a las carnes rosadas del salmón veraniego.

En pocos lugares el límite entre lo terrestre y lo marino queda tan desdibujado como en la cos- ta de la Columbia Británica. En estas ensenadas laberínticas, en las que las raíces de las coníferas comparten lecho con las de los bosques de kelp, el reino del Gran Pardo comparte espacio con los de otros pesos pesados. A cambio de tamaños titánicos, las criaturas del agua renunciaron a reinar en los bosques para hacer- lo en las profundidades. No obstante, la migración del salmón hace que algunas de las bestias subacuáticas se acerquen a los confines de sus dominios.

Sombras de hasta cinco toneladas recorren las aguas poco profundas de los entrantes ramificados del mar en la costa. La prominencia de una aleta azabache rompe la pacífica tensión de la superficie del agua. Son las orcas residentes, dueñas y señoras allá donde llega la marea. Estas imponentes bestias patrullan la línea de costa durante todo el año salvaguardando los tesoros de esta tierra cuando el grizzli no está.

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Coexiste en estas aguas otra variedad de orca, se trata de la orca transeúnte. Además de distinguirse por su espíritu nómada, la prima trashumante de la residente es más de carne que de pescado. Su dieta se compone, básicamente, de bestias menores. Lo de menores es un decir, entre ellas se encuentran focas, nutrias y leones marinos. Estos seres de pelaje fino como pocos, asoman tímidamente fuera del agua de vez en cuando. Incapaces de dejar atrás su condición terrestre, pero igualmente decididas a no renunciar de los placeres del agua, optaron por reinar en los islotes rocosos que salpican la costa.

La grandeza del lugar explica la de sus bestias. Es este un mundo de transición. Transición entre el mar y la tierra donde los ríos dejan de serlo cuando las ma- reas los seducen con su vaivén. Transitorias son también sus riquezas y encuentros pasajeros. De igual manera lo son reinados como el del oso negro, señor de estos bosques cuando el grizzli duerme. De alianzas perecederas como las que el cuervo, rey del engaño, establece con el comensal que más nutrida tenga su mesa. Después de todo, parece que en el Reino del Gran Pardo, la corona de las bestias es, más bien, compartida.

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Santuario animal, refugio del hombre

En un equilibrio ecuánime transcurrieron los milenios en los bosques del grizzli. Todas las bestias se encontraban en estas ensenadas año tras año para disfrutar de la riqueza de sus aguas y sus suelos. Sin previo aviso, una criatura desconocida llegó al banquete. Provista de dientes de piedra y pieles ajenas, este nuevo comensal pronto entendió la magnificencia del entorno elevándolo a la condición de sagrado.

Los hombres y mujeres que también hicieron de este su reino construyeron una identidad cultural asentada en el reconocimiento de la grandeza y majestuosidad de las bestias con las que compartían el bosque. Los descendientes de aquellos primeros hombres hoy se reconocen como el pueblo kwakwaka’wakw. Ellos se han encargado de preservar los secretos y saberes del Reino del Gran Pardo que les fueron develados con el correr del tiempo.

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Incluso permanecieron incorruptibles cuando tuvieron que defender las virtudes de esta tierra ante la amenaza de una bestia blanca de aspecto similar al suyo, pero de corazón impasible. Lo remoto de este reino y lo inexpugnable de las cordilleras que lo separan del mundo mantuvieron relativamente a raya la amenaza blanca. Quién iba a pensar que la mayor de las bestialidades estaba por venir.

Por sacros o por salvajes, los imponentes parajes de la cos- ta del Pacífico canadiense han logrado sobrevivir hasta el momento presente. Así, los bosques lluviosos del Gran Pardo se han convertido en un santuario para animales y en un refugio para la mujer o el hombre que quiere sentir la bestia que lleva dentro. Que el aura sagrada de las cumbres que resguardan esta costa no llame a engaño, este paraíso está en la Tierra. No se debe olvidar que la condición mundana de estas bestias y sus reinos los hace tan mortales como a cual- quiera de nosotros.

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En un mundo asfixiado de carbono en sus formas gaseosas, con alteraciones climáticas de origen humano y deforestación incontenible, la amenaza es invisible y no hay dónde huir de ella. El cambio climático, los oleoductos y la deforestación son, probablemente, las mayores amenazas que las bestias de Canadá hayan tenido que afrontar jamás. Hubo un día en que los bestiarios alimentaban el terror y los miedos más básicos de los hombres; paradójicamente, hoy es la especie humana la que se ha convertido en la peor de las pesadillas para estas formidables y nobles bestias.

Guía práctica

Por suerte, los bosques del Reino del Gran Pardo no son una atracción turística de masas. Aquellos que quieran vivir el bestiario y a todo color deben ser conscientes de la lejanía e inaccesibilidad de estas tierras. Protegido por imponentes muros de piedra de hasta 2,000 metros, la única manera de llegar a este recóndito lugar es por aire o agua. Debe el visitante tener muy presente que no es este un ambiente humano ni humanizado. En estas ensenadas, las bestias reinan y el hombre observa.

Por lo tanto, la mejor manera de visitar el Reino del Gran Pardo sin molestar es hacerlo flotando. Existe un refugio humano en este santuario animal: Nimmo Bay fue fundado hace décadas como un lodge de pesca. El lugar era conocido entre las grandes fortunas norteamericanas por ofrecer pesca de salmón en helicóptero. Cuando los pudientes se cansaron de hacer el oso, el lugar supo reinventarse de manera sostenible.

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Hoy Nimmo Bay ofrece lujo flotante desbordado en mitad del paraíso septentrional. Para llegar al complejo, la única manera es volar en hidroavión desde Port Hardy, al norte de la isla de Vancouver. Para aquellos con espíritu marinero, también los barcos son bienvenidos. Sobra decir que, por estar en mitad de un entorno salvaje, la estancia contempla comida y toda clase de actividades al aire libre: kayak, rutas por el bosque, stand-up paddle, recorrido para avistamiento de vida salvaje, etc.

Sin duda, se trata de una opción –por no decir la única– de vivir a cuerpo de rey los lujos de la naturaleza. Después de codearse con las reales bestias del lugar, qué mejor que disfrutar de un jacuzzi al pie de la cascada que provee de energía a Nimmo Bay o darse el tiempo para un sauna, también flotante, arropado por la salvaje soledad de las ensenadas de la Columbia Británica.

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nimmobay.com
+1 250 956 4000

Texto por: JORGE SANTOS DEL BARRIO

Jorge Santos es orgullosamente castellano, observador impaciente y consumidor empedernido de documentales. Desde la infancia, la naturaleza ha sido su verdadero y único amor. Biólogo frustrado, encontró en la comunicación todo lo que la ciencia no le dio. Es un firme defensor de que la sostenibilidad no es una utopía, sino la única opción.