Dicen en el medio que aquellos rodajes llenos de difcultades auguran buena suerte para el estreno de una película. Hay que recordar también que una dosis excesiva puede acabar con todo, como le sucedió a Terry Gilliam con su película maldita El hombre que mató a Don Quijote, que comenzó a flmar hace 20 años, pero que tuvo que detener a la mitad por una serie de calamidades.

En el caso de Cuando los hijos regresan, los bretes fueron tantos que fue necesario cambiar el plan de rodaje sobre la marcha hasta tener 20 versiones, algo que Miguel Lima, mi experimentado asistente de director, nunca había visto, y vaya que le ha tocado de todo: su crédito aparece en grandes producciones mexicanas y hollywoodenses como Total Recall (Paul Verhoeven, 1990), The Day After Tomorrow (Roland Emmerich, 2004) y Troya (Wolgan Petersen, 2004), cuyo escenario montado en Los Cabos fue arrasado por un huracán.

Miguel era el responsable de organizar el trabajo día por día, las escenas que íbamos a filmar, convocar a los actores que participarían, tener a punto las locaciones y demás. Es una labor muy importante y más difícil de lo que parece. Hay que decir que en Cuando los hijos regresan los tropiezos del rodaje fueron básicamente logísticos, situaciones externas al grupo o emergencias. Estoy seguro de que todo eso sirvió para que el equipo humano se hiciera más fuerte, para que trabajáramos unidos en el set, con la firme convicción de hacer nuestra película a como diera lugar, contra viento y marea.

Un inicio alentador

El proyecto de la película, desde que escribí el primer tratamiento del guión hasta comenzar la preproducción, tendría unos cuatro años. El guión nos abrió las puertas para avanzar rápido. La última versión la trabajé junto con Claudia González Rubio, quien aportó buenas ideas a mi historia.

El guión está inspirado en una broma. Pertenezco a una familia grande, pues soy el menor de siete hermanos. Hubo una época en la que, por distintas circunstancias, dos de mis hermanas regresaron a vivir a la casa de mi madre, ya entonces viuda, que se vio invadida de muebles y cajas de mudanza. En la sobremesa, mi hermana Lulú comenzó la broma de aludir a la película de Juan Bustillo Oro, Cuando los hijos se van, un melodrama lacrimógeno de 1941. Decía que vivíamos el reverso, la versión sarcástica que llevaría de título Cuando los hijos regresan. Pasaron unos años cuando empecé a escribir el guión con eso en mente y con mucha información que había acopiado de una serie de televisión que produje, La calle, el aula y la pantalla, que grabamos en las calles de la Ciudad de México y que integraba entrevistas con gente común que hablaba de cinefilia y de su vida.

El resultado fue una trama sobre un matrimonio de jubilados cuya tranquilidad se ve amenazada cuando sus tres hijos adultos regresan a vivir con ellos, pero además cada uno con sus respectivas extensiones: los hijos, la esposa, la mascota y, claro, sus apuros personales. Creo que en esta comedia hay varias referencias a la idiosincrasia mexicana, a través de los personajes y sus reacciones. En buena medida, es un filme que corresponde a la tradición del cine mexicano, el cual he visto, disfrutado y estudiado toda mi vida, lo que inclusive me ha permitido publicar algunos libros. También hay referencias a películas y directores de otras latitudes que me gustan. De hecho, cada secuencia importante está asociada a un filme distinto.

Cuando tuvimos luz verde para filmar, habíamos tenido suficiente tiempo para pensar sobre el reparto o las locaciones. El ensamble actoral quizá fue de los temas menos conflictivos. Mi productor, Javier González Rubio, tuvo el tino de lograr que Carmen Maura leyera el guión con un año de antelación, y lo mismo con Fernando Luján. Para mí fue un honor tener a Carmen en mi primera película, así como a Fernando, siempre simpático y atento. A los dos los había visto en decenas de películas. En pantalla, juntos forman un matrimonio muy auténtico y armonioso. Entre los dos hubo una química inmediata, se hicieron amigos con facilidad. Además, la calidad y la trayectoria de ambas figuras fue fundamental para completar en semanas un casting soñado: Cecilia Suárez, Irene Azuela, Erick Elías, Esmeralda Pimentel, Anabel Ferreira, Tina Romero, Nacho Méndez, además de rostros nuevos como el de Francisco de la Reguera, quien hizo un trabajo fantástico, así como los niños Miranda y Ramiro Cid.

Los problemas comienzan

Si formar el reparto fue un trámite agradable, en buena medida por lo que aportó Mercedes Gironella, nuestra responsable de casting, todo lo contrario ocurrió con las locaciones. El barrio donde queríamos filmar no tenía las condiciones necesarias y fue muy difícil encontrar una casa con el espacio y las características adecuadas como locación principal. Sufrimos también para obtener los permisos en ciertos lugares, como la hermosa biblioteca Lerdo de Tejada. Para resolver todo esto fue fundamental la intervención de algunos amigos y sobre todo de la Pecas Lozano, nuestra productora en línea, también con una enorme experiencia, capacidad y sentido del humor.

Los problemas se sucedieron uno tras otro desde que iniciamos la filmación. No mencionaré todos sino, algunos de los más curiosos: en el Kiosko Morisco de la Santa María, unos 40 policías irrumpieron en nuestro set para atrapar por error a uno de los miembros de nuestro equipo, confundido con un vándalo; en la colonia Álamos, donde filmamos varios días en exterior, teníamos lapsos de escasos dos minutos para que corriera la cámara y el sonido, pues los ruidosos aviones que sobrevuelan esa zona tienen esa frecuencia entre uno y otro. En la casa donde filmamos todo el interior, sufrimos porque una vecina pretendía sabotear el rodaje y para ello, durante dos semanas, puso música a todo volumen con dirección a nuestros micrófonos. Hubo de todo: sustos médicos que no fueron a mayores; imprevistos de alguien que movían la agenda de todos; tormentas que obligaron a parar; hasta un perrito consentido que tuvo que ser entrenado para que caminara, leyó usted bien.

Cada problema se pudo resolver y eso hizo al grupo más fuerte y más comprometido. A pesar de la presión, se respiraba un aire de camaradería en el set, de colaboración y respeto, incluso en las escenas más difíciles por su complejidad, como la que ocurre en el Salón Los Ángeles, con decenas de extras, una grúa y tres cámaras, en donde teníamos tiempo limitado para hacerla. Ramón Orozco, el fotógrafo de la película, fue un gran respaldo, por su extenso conocimiento y su pericia.

Después de siete semanas llegamos al fin del rodaje no solo en el tiempo previsto, sino incluso con un día de anticipación. A pesar de las vicisitudes, yo disfruté enormemente cada día en el set, el trabajo con los actores, con el equipo, el maravilloso momento de la creación que ocurre frente a una cámara de cine. Espero que eso lo pueda ver el público en la pantalla, y sobre todo que le divierta y lo disfrute.

Por cierto, después de otros intentos en vano, al fin Gilliam logró concluir la filmación de su Quijote hace unas semanas.

En colaboración con: CINÉPOLIS

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Texto por: Hugo Lara, director cinematográfco de Cuando los hijos regresan.

Fotos cortesía de Cinépolis