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En la capital de la isla, preparan los festejos embelleciendo la ciudad y sus iconos, con obras en el Mercado de Cuatro Ca- minos, y la Estación Central de Ferrocarriles. Pero más allá de las obras y festejos, en La Haba- na hay que caminar y deambular, perderse por ahí. La Habana se paladea a paso lento, a los lugares se llega preguntando.

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Foto: Guido Piotrkowski

El centro histórico, esa joya de la arquitectura colonial caribeña, zigzaguea entre edificios reacondicionados, en vías de serlo, y otros que parecen a punto de desmoronarse. En el Floridita y en la Bodeguita del Medio, los bares donde solía beber Ernest Hemingway, los turistas beben para la foto y los mojitos salen como pan caliente.

La Habana es el Museo de la Revolución y la Plaza de la Revolución, íconos imperdibles para comprender la historia de esta isla. La Habana es, también, el callejón de Hamel, un pasaje transformado en galería de arte y centro cultural al aire libre, con murales del pintor Salvador González Escalona, ubicado en el barrio Cayo Hueso, en Centro Habana, a pocas cuadras del Malecón.

Es un rincón donde cada domingo se dan cita los cultores de la religión afrocubana, con demostraciones de baile y música, acompañadas de comidas y bebidas típicas. El estremecedor toque de los tambores se funde con los cantos tradicionales, con líricas modernas y contestatarias del hip hop y bailes en los que se invoca a los orishás (deidades africanas) hasta alcanzar el trance habanero.

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Foto: Guido Piotrkowski

TRINIDAD

Trinidad, la tercera villa que fundaron los españoles en Cuba, está ubicada en el centro sur de la isla, a cinco horas de La Habana, en el estado de Sancti Spiritus. Fue fundada por Diego Velázquez en 1514. Trinidad, donde los días marchan al ritmo de carruajes tirados a caballo, heredó el esplendor de la época dorada de la industria azucarera. Las distinguidas y opulentas casonas y las iglesias remiten al patrimonio arquitectónico colonial heredado de aquellos tiempos de bonanza económica para los hacendados.

El casco histórico de la ciudad está considerado entre los mejor conservados de Latinoamérica, un baluarte que le valió el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad de la Unesco en el año 1988. Es un sitio de caserones suntuosos y casitas simples, bajas, de color pastel; iglesias, la Plaza Mayor y otras plazas menores, y museos. Playas de aguas claras, tibias, caribeñas. Selva, sierras, cascadas. Y mucha rumba. Hay dos sitios señalados para escuchar, y bailar, música en vivo: la Casa de la Música y la Casa de la Trova.

La Plaza Mayor funciona como inevitable referencia y es buen punto de partida para recorrer esta ciudad de poco más de cincuenta mil habitantes con espíritu y cadencia pueblerinas. La Torre del Campanario del Convento de San Francisco, situado justo enfrente, resulta el mejor lugar para darse una idea del entorno.

Hacia un lado, los adoquines se pierden en un mato verde que da paso a las míticas sierras del Escambray, allí donde el Che Guevara instalara un campamento en tiempos de la revolución. Hacia el otro, Trinidad se funde con en el mar, en las playas de arenas finas y aguas tibias de color esmeralda en la Playa de Ancón.

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Foto: Guido Piotrkowski

En las calles aledañas, un puñado de turistas pasean y un músico camina con su contrabajo al hombro. Un pulso cansino, genuinamente tropical, late en esos adoquines que han sido testigos de conquistas y revoluciones, del apogeo del azúcar y ahora del turismo. Se escuchan los motores de los antiguos «almendrones», el clic-clac metálico de las herraduras de los caballos sobre el empedrado y el son cubano que, a partir del atardecer, reaviva las almas caribeñas y el espíritu de los visitantes a puro tabaco y ron en las escalinatas de la Casa de la Música.

En noviembre, La Habana cumple 500 años y es una gran excusa para viajar a Cuba, un banquete para el ojo viajero. Del centro histórico al Malecón y el Museo de la Revolución en la Habana, a Trinidad, una ciudad-pueblo que atesora el casco histórico mejor conservado del país, playas, cascadas y mucha rumba. De ahí a Camagüey, la puerta del oriente cubano, conocida por los cines y los tinajones y a Santa Lucía, una de las playas menos promocionadas y visitadas de la isla, con playas típicamente caribeñas.

A Trinidad le dicen la ciudad museo, tanto por su estado de conservación como por la buena cantidad y calidad de museos esparcidos: el Museo de Historia, el Museo de Arqueología Guamuhaya y el Museo Romántico resguardan el legado colonial.

Trinidad es, también, tierra de artesanos. Su trabajo se ve reflejado en las diversas tiendas y en la tradicional feria artesanal dispuesta en las calles del centro. Los tejidos en randa de
aguja son la especialidad de las mujeres trinitarias, a las que se puede encontrar tejiendo vestidos, blusas, camisas o manteles a la sombra, en el umbral de sus casas. También piezas en cerámicas, figuras en madera y cestería se aprecian en los locales, muchas veces extensiones de los hogares trinitarios.

CAMAGÜEY, LA CIUDAD DE LOS CINES Y LOS TINAJONES

«Quien toma agua del tinajón, o se queda o regresa», suelen decir por aquí. Los tinajones son el sello de esta ciudad, conocida por estas enormes vasijas de barro que, en épocas de sequía durante los tiempos coloniales, se usaron para acopiar agua.

La puerta de entrada al oriente cubano es esta ciudad apacible y pequeña. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008, Camagüey fue una de las primeras villas fundadas por los colonos españoles en el Caribe, en 1514, cuando fue bautizada con el nombre de Santa María del Puerto del Príncipe. En 1903, cambió aquel nombre por el actual, que se debe al cacique Camagüebax, quien dominaba la porción de tierra entre los ríos Tínima y Hatibonico, sitio donde se construyeron las primeras casas.

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Foto: Guido Piotrkowski

Camagüey tiene uno de los cascos históricos mejor conservados y el más extenso de la isla: atesora iglesias y coloridos case- rones con techos de teja en cuyos patios coloniales se pueden ver los famosos tinajones. Tiene también la calle Funda del Catre, la más estrecha de Cuba.

Camagüey es la cuna del poeta Nicolás Guillén y del patriota Ignacio Agramonte, uno de los líderes de la primera guerra de independencia contra España. La ciudad tiene un puñado de
santuarios y plazas rodeados de construcciones en estilos eclécticos que van del barroco al neorrealismo.

En el punto más céntrico, está la Plaza de los Trabajadores, donde se encuentra la iglesia de La Merced, y sobre la misma peatonal Ignacio Agramonte, a un par de cuadras, la iglesia de la Soledad. Unas calles más abajo, encontramos la Plaza Ignacio Agramonte, con una estatua del líder en el centro, y enfrente la Catedral Nuestra Señora de la Candelaria. Alrededor, hay un puñado de barecitos y la Casa de la Trova, que por las noches se enciende con música en vivo.

Un poco más alejada, está la Catedral Metropolitana, y aún más, la iglesia San Juan de Dios, una de las edificaciones más antiguas y mejor conservadas que se erige en la plaza San Juan de Dios, un punto emblemático de la ciudad.

La iglesia Nuestra Señora del Carmen está, justamente, en la Plaza del Carmen, una de las más suntuosas de la ciudad.

Camagüey tiene una rica tradición artística: fue el primer sitio de Latinoamérica donde los hermanos Lumière proyectaron su revolucionario invento: el cinematógrafo. Y desde ahí ha que- dado impresa una larga tradición cinéfila: la ciudad es sede del Festival de Crítica, del Festival de Video-Arte y subsede del Festival de Cine Francés. Por eso tiene una calle dedicada en honor al cine la Calle de los Cines. Aquí hubo, en los tiempos de mayor esplendor, una buena cantidad de salas, y aunque hoy solo quedan dos, los comercios de esta curiosa callecita llevan nombres alusivos a clásicos de la cinematografía mundial: hay una barbería que se llama El Marido de la Peluquera, está la cafetería La Dolce Vita y el cine Casablanca.

SANTA LUCÍA, UNA PLAYA APACIBLE

A 110 kilómetros de Camagüey se encuentra esta playa típicamente caribeña: aguas mansas y turquesas, arenas blancas y finas, palmeras y cocos. Alejada del circuito turístico tradicional, es muy buscada por los adeptos al buceo: atesora una extensa barrera de coral que hace de este vergel una piscina natural gigante de aguas cálidas, ideal para bucear, hacer snorkel y hasta nadar con tiburones. Esta última es una de las actividades más buscadas por estas costas con 20 kilómetros de playa donde el mar tiene una profundidad máxima de tres metros entre la barrera y la línea de costa.

Santa Lucía no tiene un centro propiamente dicho, casi no hay nada fuera de los cuatro resorts all inclusive –de los más económicos de la isla– que se alinean, uno al lado del otro, en una franja de la playa de este pueblo de pescadores donde ya no hay botes para salir de faena. Solamente están autorizadas las embarcaciones de los hoteles y centros de buceo. Quienes aún pescan, salen a la caza con arpón, a buscar langostas que venderán luego a los restauran- tes de los hoteles para ser devoradas por los turistas.

Un tanto alejada de esta zona se encuentra la playa de la Boca, también conocida como playa de Los Cocos, una pequeña bahía solitaria, uno de esos paraísos de postal. Como aquí no hay infraestructura, salvo algún que otro alojamiento precario en casas de familia, resulta en un gran paseo diario. Para llegar se puede tomar un pintoresco carruaje tirado a caballo y viajar hasta este rincón aún más alejado, que bien vale la pena visitar.

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Foto: Guido Piotrkowski

El cochero lo deja a uno y vuelve a buscarlo hacia el final del día. Se puede almorzar por un precio muy económico –langosta, sobre todo– en alguna casa de familia. Después, no queda mucho por hacer, más que relajarse y gozar.

DATOS ÚTILES

CÓMO VIAJAR

Desde La Habana, puedes tomar un vuelo a Camagüey por la aerolínea Cubana, o bien en camión con la empresa Vía Azul que cubre el trayecto dos veces al día.

DÓNDE DORMIR

LA HABANA 

TRINIDAD
Hay hoteles de grandes cadenas como Iberostar o Meliá. La modalidad para dormir en casa de familia está ampliamente extendida en Trinidad.

Texto y fotos por Guido Piotrkowski