El efecto mariposa, monarcas sin corona, pero con mucho poder.

Viajan desde Canadá hasta México, 120 km diarios, durante 60 días.

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Con un aleteo suave y constante a lo largo de más de 4,000 kilómetros, las mariposas monarca mueven mucho más que el aire cuando llegan a México en su huida del frío septentrional. Este insecto de apariencia frágil genera a su alrededor un efecto poderoso que va mucho más allá de los bosques que la refugian.

Para cualquier mexicano que se precie, no es ningún secreto que las montañas boscosas de los estados de México y Michoacán guardan una maravilla natural que trasciende fronteras. La mariposa monarca se ha convertido en símbolo de aquellas tierras, en estandarte de preservación de ecosistemas y en reclamo turístico a nivel internacional. No obstante, este lepidóptero guarda una relación mucho más íntima con los valles que le sirven de refugio invernal, un sincretismo milenario que trasciende especies y generaciones.

Durante los meses veraniegos, estas mariposas disfrutan de las temperaturas benévolas del norte de EEUU y el sur de Canadá. Los individuos de primavera y verano tienen un ciclo vital de cuatro a cinco semanas, esto es lo que suele vivir una mariposa.

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Foto: Aurdey del Piccolo

Sin embargo, conforme el verano da paso al otoño, el milagro de la naturaleza ocurre: los ejemplares invernales –los nacidos a finales de septiembre y principios de octubre– vivirán hasta seis o siete meses, un ciclo vital extraordinariamente largo para estos insectos alados.

Son estos individuos más longevos los que realizan el viaje de proporciones bíblicas a razón de 120 kilómetros diarios durante casi 60 días con sus 60 noches para llegar a los bosques prometidos. Así, en el mes de noviembre, la gran mayoría de estas viajeras culminan su travesía en los bosques de coníferas de la Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca, en la frontera de los estados de México y Michoacán. Sin embargo, un grupo de aventureras alarga su viaje un poco más al sur hasta llegar a los valles boscosos del municipio mexiquense de Temascaltepec.

A poco más de 25 kilómetros de Valle de Bravo y a 100 del caos de la Ciudad de México, el efecto mariposa comienza con la llega- da de los meses fríos. En la comunidad náhuatl del San Mateo Almomoloa todos esperan con los brazos abiertos a las visitan- tes estacionarias. No es para me- nos: en los próximos meses, más de 250 de los aproximadamente 1500 vecinos del pueblo vivirán por y para las monarca.

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Foto: Aurdey del Piccolo

Pero no siempre la relación interespecies fue tan amistosa. Cuentan los locales que “sus abuelitos”, al ver los bosques del ejido inundados de este insecto, creían que se trataba de una plaga que debía ser erradicada. No fue hasta los años 80 del pasado siglo que, tras décadas de investigación, se comenzó a proteger los santuarios donde hibernan las mariposas monarca. El Santuario de Piedra Herrada tardó un poco más en constituirse como tal; hace aproximadamente 20 años que el comité ejidal y la CONANP comenzaron a trabajar conjuntamente en el esfuerzo de preservar este tesoro natural.

Desde entonces, el ciclo anual de los vecinos se acompasó con el de las mariposas. Así, cuando estas llegan, se convierten en su principal dedicación. Ellos se encargan del control del acceso, del estacionamiento, actividades recreativas para los visitantes, además de los indispensables puestos de comida. También recae sobre ellos la labor de guiar a los turistas y controlar que estos no dañen a las monarca o traspasen los límites de las áreas caminables. De este modo, han pasado a ser los protectores de las mariposas y los bosques que las resguardan.

Es más que recomendable llegar a primera hora al santuario cuando los guardianes del lugar abren sus puertas al filo de las nueve de la mañana. El silencio apabullante de la montaña solo es perturbado por las conversaciones en náhuatl de las lugareñas que charlan mientras bordan sin despegar la mirada del bastidor. Una vez llenada la panza con unas quesadillas y un café de olla, la experiencia comienza con el vuelo enigmático de la primera mariposa que desciende a recibir a los visitantes.

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Foto: Audrey del Piccolo

Si bien la climatología puede ser bastante impredecible en las montañas, lo ideal es ir en un día soleado, lo cual no es tan complicado en el invierno mexicano. Los días nublados y fríos, las mariposas, como haríamos cualquiera de nosotros, prefieren permanecer en los oyameles de las partes altas de las laderas acurrucadas las unas junto a las otras en una especie de cuchareo invertebrado grupal.

Con el ascenso del sol y el consecuente aumento de la temperatura, las mariposas van despertando del letargo nocturno. Es tal el efecto del frío en estos animales, que algunos caen al suelo en la noche, de donde no podrán des- pegar hasta recuperar la temperatura suficiente; siempre y cuando un ratoncillo o alguna calandria no llegue antes para devorar su abdomen evitando las alas tóxicas de la monarca. Por ello, el caminante ha de fijarse bien antes de dar un paso des- afortunado sobre el cuerpo frágil de este insecto.

La subida hacia donde las mariposas se esconden se puede realizar a pie en una caminata de unos 45 minutos por un sendero tan bien adoquinado que levantaría envidias entre más de una banqueta de la Condesa. El recorrido también se puede hacer a lomo de caballos tan locales como sus dueños, quienes los acompañan en todo momento. Al término del susodicho sendero comienza la zona más íntima de la montaña, donde empieza la magia naranja.

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Foto: Audrey del Piccolo

En las ramas más altas y en los troncos de los oyameles se avistan, apiñadas en racimos, incontables alas que bien podrían ser de hadas. Sin embargo, el calor empieza a hacer su efecto en estos seres y el revoloteo de las más madrugadoras evidencia que no se trata de las primas de Campanita, si no de la mariposa más famosa de Norteamérica.

En el mes de febrero, cuando las temperaturas comienzan a aumentar, la sangre fría de este invertebrado también se calienta, dando paso a la temporada de apareamiento. Es tal el frenesí amoroso de este animal en estas fechas que poco les importa caer al suelo del bosque con tal de consumar. Los guardianes llegan de nuevo al rescate y, para evitar que de una pisada fatal los amantes mueran en el acto, impiden el paso donde la concentración de monarcas deshinibidas es mayor.

Si bien las restricciones en estas fechas son mayores, es un buen momento para ir a visitar el santuario pues, conforme se acerca la primavera, aumenta la actividad de las mariposas en una especie de entrenamiento para el viaje de regreso que se avecina. Así, con el avance de la mañana, uno se descubre envuelto en una nube de pequeños seres que revolotean, sin pudor ninguno, hasta rozar con sus delicadas alas la cara que las contempla.

Para los madrugadores se reserva el privilegio de contemplar la magia del despertar de las mariposas. Así, para cuando se debe emprender el descenso, el aleteo de cientos de miles de estas ha- das anaranjadas perturba el aire produciendo un sonido enigmático difícil de comparar con cualquier otro. En el camino de regreso, si se coincide con la hora punta en Piedra Herrada, uno se pregunta en qué momento empezará a sonar la banda sonora marca Disney para acompañar semejante coreografía de estos animalitos del bosque.

Al apearse del caballo, se tiene la sensación de estar saliendo de la proyección de la premier de Planet Earth III en una sala 4D, pero sin necesidad de echar unas gafas de plástico en un contenedor a la salida. Ya en la carretera, el visitante despide a las mariposas en un arriesgado juego que requiere de conducción lenta y responsable para no poner fin al vuelo de las monarca.

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Foto: Audrey del Piccolo

En esta armonía casi simbiótica transcurren los meses fríos, hasta que, irremediablemente, el mes de marzo llega y con él, un instinto irrefrenable de batir las alas rumbo al norte. Al partir la mariposa, los vecinos de San Mateo Almomoloa sembrarán el maíz un año más con la ayuda de la fuerza bruta de los mismos caballos que en invierno transportaron turistas colina arriba. El maíz lo cosecharán en octubre, justo a tiempo para recibir de nuevo el efecto mariposa.

Este insecto es ejemplo de cómo, al proteger una especie, se salvaguardan ecosistemas enteros y se asegura el futuro de comunidades que, de otro modo, se verían obligadas a acompañar a las mariposas en su viaje al norte. Se estima que hasta 300 millones de mariposas indocumentadas cruzan, no solo una sino hasta dos fronteras internacionales en su camino de regreso. Tantas como habitantes tiene EEUU, más del doble de la población mexicana o diez veces más monarcas que canadienses nos enseñan que las fronteras son solo un invento.

Texto por: JORGE SANTOS DEL BARRIO
Jorge Santos es orgullosamente castellano, observador impaciente y consumidor empedernido de documentales. Desde la infancia, la naturaleza ha sido su verdadero y único amor. Biólogo frustrado, encontró en la comunicación todo lo que la ciencia no le dio. Es un firme defensor de que la sostenibilidad no es una utopía, sino la única opción.

Fotos por: AUDREY DEL PICCOLO
Fotógrafa devota de la película y las cámaras analógicas. Natural de París, ahora vive entre México y Los Ángeles, donde aprovecha cualquier momento para capturar momentos “a la antigüita”. Con su trabajo, busca plasmar el lado más íntimo de los lugares donde ha vivido.