Horacio Franco: 40 años de disrupción

Horacio Franco, experto en flauta y música clásica

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Más de una vez, la flauta de pico ha sido menospreciada. En contraste con el violín o el piano, históricamente no ha gozado de un repertorio memorable. En la década de los 30 del siglo pasado, Adolf Hitler la implementó como instrumento escolar y hasta hoy pervive el mito de que su interpretación está reservada al aficionado. Pero nada más alejado de la realidad, como ha demostrado Horacio Franco, quien este 2018 celebra 40 años de trayectoria hinchados de esfuerzo y tezón.

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Foto: Cristian Velasco y Manuel Vázquez

La también llamada flauta dulce es muy difícil de insuflar y afinar, de ahí que exista muy poca obra escrita y, por lo tanto, un acotado número de virtuosos. El camino que escogió Horacio era en ex- ceso escarpado, pero la combinación de sus dones musicales y su infatigable voluntad lo han llevado a consagrarse como uno de los exponentes más grandes de la flauta a nivel mundial.

De Ámsterdam a Tel-Aviv y de Seúl a Sídney, su mérito apabulla, y es que Horacio ha sido hasta la fecha el maestro más joven del Conservatorio Nacional de Música: contaba tan solo 16 años cuando ingresó. Tiene en su haber casi 30 álbumes y cerca de una cincuentena de compositores han escrito para él, entre ellos destacan Mario Lavista, Gabriela Ortiz, Eugenio Toussaint y Michael Wolpe; y con decir que en promedio ofrece 150 conciertos al año. A sus 55 años, Horacio Franco celebra 40 años de carrera artística, mismos que lleva provocando a la escena musical con su inconfundible presencia, su labor con la comunidad LGBT y su clarivendente mirada sobre los vínculos entre arte y política mexicanos, motivo de esta entrevista.

Años atrás, la llamada música clásica marcaba una distancia con aquellos públicos no iniciados. La manera más efectiva para la exclusión era el costo prohibitivo de las entradas. Así se explicaba la falta de público. Empero, la democratización de los costos en lo que respecta a los eventos de la música culta en la actualidad invalidan este argumento. ¿Por qué entonces muchos eventos de la categoría siguen vacíos? Hay dos factores por los cuales la cultura con mayúscula –no me gusta llamarla así porque todo es cultura– como la música clásica, la ópera y el jazz en muchos casos, no tienen públicos tan extensos. En la música clásica, fundamentalmente, el primer factor es que el gobierno durante muchos años, desde la post-revolución hasta la actualidad, ha subvencionado de una manera sobre generosa, diría yo, la entrada y la gratuidad a estos eventos, considerando que obviamente tienen que estar al alcance de todos. Una democratización de la cultura que podrá sonar demagógica, pero que ha sido muy funcional y ha generado auténticos milagros culturales.

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Foto: Cristian Velasco y Manuel Vázquez

La gente de a pie, la gente que vive en los municipios más pobres, no está acostumbrada o nunca ha sabido que existe la oferta, porque no la difunden en los medios a los que ellos tienen acceso, lo cual me lleva a la segunda cuestión: no se ha considerado la cultura como un bien vendible y comerciable a partir de los medios de comunicación para incluirla dentro de los mismos bagajes de cultura donde colocan agrupaciones como Bronco o los Ángeles Azules, quienes me merecen todo el respeto, pero que finalmente tienen audiencias masivas y por lo mismo pueden cobrar 5 mil por un boleto de un concierto y la gente los paga. Mismo caso el de Luis Miguel y otros grandes artistas, pero también nosotros somos grandes artistas, lo que sucede es que a nosotros se nos mira como portavoces de un gobierno paternalista que, como dije antes, fue muy funcional, pero que a la par trajo muchos vicios y mucha corrupción.

La cultura tiene que generar sus propios recursos, pero también la gente que está adyacente a la cultura, debe entender que tienen que inyectar recursos para poder publicitarnos y hacer que esto alcance a la audiencia por medio de los medios masivos de comunicación, redes sociales, etc. Pienso que hay una labor conjunta por hacer: los gestores privados y el gobierno como parte fundamental de una rectoría cultural dentro de las universidades. Estoy hablando de gobierno, institutos culturales del interior de la República que han hecho mucho bien, sí, pero que en cierto momento también requieren de la iniciativa privada para poder seguir subsistiendo. Voy regresando de la Comisión de Cultura de la Cámara de Senadores y todos están completamente convencidos en que se debe pedir más del 1% del PIB para la cultura.

Por diversas razones, Horacio Franco solo hay uno. Pero, ¿cómo es la carrera de un músico mexicano promedio en el país? ¿A qué se enfrenta?

Tengo 40 años de carrera. Empecé en la década de los 70 a estudiar música. En esa época todavía no existía ni Conaculta ni mucho menos la Secretaría de Cultura, ni Fonca ni becas. Realmente era un medio muy cerrado, hasta que la señora López Portillo, la esposa del expresidente López Portillo, comenzó la Filarmónica de la Ciudad de México e importaron hordas de músicos extranjeros para for- mar una orquesta de excelencia, y la señora lo logró: una de las mejores orquestas que ha habido en México, con músicos de Europa del Este en las cuerdas y de Estados Unidos en los alientos, fundamentalmente.

Después, otros directores de otras orquestas empezaron a traer más y más músicos, de origen ruso, polaco o checo, que llegaron a México y vieron el paraíso que era, la gran diferencia con sus países: aquí tenían acceso a comida libre, playas, buen clima, una calidad de vida a la que no podían aspirar allá. Entonces, estos músicos empezaron a trabajar en y para México, y varios de ellos formaron escuelas. Hoy por hoy, en esas escuelas o en las instituciones que los han albergado, como el Sistema Nacional de Fomento a la Música, por ejemplo, hicieron posible un incremento en el nivel de los alumnos. Dentro de las escuelas de música profesionales también, aunque todavía tienen muchísimos defectos y carencias, hay garbanzos de a libra que están enseñando y produciendo buenos alumnos. Eso es innegable.

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Foto: Cristian Velasco y Manuel Vázquez

Entonces, ¿qué le depara a un estudiante de música actualmente?

Tiene más oportunidades que en los 80, pero el problema es que debería de producirse un modelo así en los 32 estados, y no lo hay todavía, falta continuidad. Seguimos viviendo en un país donde cada gobernante de cada estado es como un señor feudal, que en caso de que le atraiga la cultura a él o a su esposa, invertirá dinero, pero si al siguiente gobernador no le interesa, deja caer todo el esfuerzo anterior.

Yo le daría a un joven estudian- te de música una fórmula de tres elementos: 1) sirvo para ello, tengo facultades genéticas; 2) me fascina, y 3), debo trabajar como una bestia de carga para lograr un objetivo. Y esto obviamente vale para los que quieren ser solistas. Las perspectivas que tiene un joven estudiante son muchas, siempre y cuando gobierno e iniciativa privada coadyuven a que todo crezca bajo una planeación a largo plazo, que es en lo que reprobamos en México. Debemos instituir ese tipo de modelos formativos y de becas en cada estado, con un sino trazado de tal manera que en 20 o 30 años podamos replicar ese modelo en todo el país.

Me compartías que en Holanda, además de música, aprendiste a hablar el idioma, pero que sobre todas las cosas te instruiste en su democracia. ¿A qué te re eres?

Cuando viví en Holanda, de 1981 a 1985, era una democracia don- de en verdad la igualdad, la no discriminación, la no diferencia entre ricos y pobres existía, pero no la veías. La verdadera democracia estaba ahí, disponible; aún no estaban legalizadas las drogas y los matrimonios del mismo sexo, pero finalmente es un país que siempre ha sido un ejemplo para el mundo. El haberlo vivido tan joven y haber salido de una “dictadura perfecta”, como después diría Vargas Llosa, y atestiguar que en Holanda no existían esas groserísimas diferencias entre ricos y pobres; que los hijos de la reina de Holanda, Beatrix, iban en bicicleta a la escuela, y que podías increpar al primer ministro cuando se bajaba de su cochechito porque algo estaba mal, era una cuestión de todos los días y que a mí me asombró mucho porque el pueblo sí tenía el mando. Había una democracia real, partidos de derecha e izquierda, evangélicos, era un país en el que todos tenían un voto. No había discriminación, ni a los extranjeros ni a los gays, ni a nadie que fuera diferente ni a los musulmanes, negros, etc.

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Foto: Cristian Velasco y Manuel Vázquez

El hecho de haber vivido en una sociedad tan igualitaria y pulcra en ese sentido, me hizo crecer mucho y me hizo aprender a ser un ciudadano responsable y consciente del medio ambiente y de la igualdad de derechos en la democracia. Y eso me pegó muy duro cuando llegué a México y vi el desastre que había, primero con el temblor de 1985, y también después de vivir ya en carne propia todas esas injusticias, diferencias, discriminaciones hacia los indígenas, ese clasismo, racismo, y ese terrible odio entre ricos y pobres. Pero en ese sentido, Holanda, aparte de haberme permitido formarme profesionalmente con el más grande flautista y pedagogo, Walther van Hauwe, y con Marijke Miessen, que era su asistente en ese entonces, me llevaron a desarrollarme muy rápido en la cuestión de considerar la democracia y las libertades del ser humano como fundamentales en mi manera de vivir y también con lo que implica ser un buen ciudadano. Simplemente un ciudadano responsable de su entorno, de su país, un ciudadano responsable de transformar una sociedad. Y yo lo escogí a partir de la música, a partir de lo que sé hacer que es tocar la flauta; después me volví director, y luego una figura pública luchando por minorías como a las que pertenezco. Y todo ese bagaje me lo dio Holanda.

En los últimos años detentaste un cargo público y luego renunciaste a él. Aludes a este período como uno de los más lamentables de toda tu carrera. ¿Qué papel desempeña la cultura para los gobernantes mexicanos?

Cuando fui diputado constituyente de la CDMX, no sabía a qué me invitaban. En un momento dado acepté, pensando que iba a ser consejero de una Constitución en cuestión de cultura. Después me percaté de que no era así. Me pareció interesante en un principio, pero cuando vi que por ejemplo en la Asamblea Constituyente no hicieron una Comisión de Cultura, fue una patada en el trasero para todos los que estábamos ahí, como Héctor Bonilla, Demián Bichir, Damián Alcázar, Emmanuel Carballo, etcétera. De lo que me di cuenta es que a los políticos de la vieja guardia –que por fortuna ya están en decadencia– no les importa el pueblo. Y que por lo tanto si a los políticos no les importa el pueblo, menos la cultura y las artes. Incluso la dichosa Constitución no enunciaba ni una sola vez la palabra “arte”; que no hayan considerado la palabra “arte” repercute en que no hubiese educación artística obligatoria desde el kínder hasta la prepa. Yo lo traté de proponer. Pero me salí muy dolido porque vi que no les interesaba. Era una cuestión bastante caótica, entonces dije: “yo no quiero vivir así, no quiero vivir con esto”. Pero, finalmente, estoy seguro de una cosa: el poder que tengo como ciudadano transformador está en el podio, en el escenario, en la dirección y en la academia. No tengo ningún otro poder más.

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Foto: Cristian Velasco y Manuel Vázquez

De tus 40 años como artista ¿cuáles serían los tres hitos personales que demarcarías?

Son muchos los momentos que han sido muy importantes en mi carrera, pero hay uno que me gusta recordar, cuando fui a tocar a Ocotlán, una comunidad en Oaxaca. Era yo solista de una orquesta llamada Los Solistas de México que dirigía Eduardo Mata y toqué un concierto de Vivaldi. Ya nos íbamos, y de repente llegó una señora indígena, descalza, apenas podía hablar español. Me abrazó y se soltó a llorar y me dijo: “no se vaya de aquí porque me gustó mucho lo que tocó”. Ella no sabía quién fue Vivaldi, no sabía nada de música clásica, pero obviamente la comunidad de Ocotlán estaba enterada del concierto y llenó la iglesia donde tocamos. Entonces la señora me decía: “qué bonito, qué bonito, qué bonito”. No me podía dejar de abrazar y yo la abrazaba a ella. En verdad, ese abrazo fue uno de los momentos más conmovedores de mi vida musical porque comprendí que podía tocar la sensibilidad de esa mujer. Preciosa esa señora, nunca se me va a olvidar.

Otro momento fue cuando toqué en el Carnegie Hall, lo hice como solista de la American Symphony Orchestra, con Russell Davies de director. Decidí entrar a tocar la introducción del concierto de Marcela Rodríguez, la compositora mexicana, pero desde las butacas porque siempre lo hacía desde el escenario. Entré caminando, trasgrediendo el espacio del público, entré improvisando en la entrada del concierto de Marcela y subí el escenario desde el fondo del Carnegie Hall y eso fue en muchos sentidos, muy liberador para mí, además de que la acústica de Carnegie Hall que es muy buena lo permitió. Obviamente fue un hito en mi carrera, en 1994.

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Foto: Cristian Velasco y Manuel Vázquez

Otro momento, fue hace poco, de vuelta en Holanda, cuando volví a tocar con una orquesta llamada Combattimento Consort. Mientras tocaba una cadencia de un concierto de Vivaldi, de pronto, al terminar, como si fuera un concierto de jazz, el público empezó a aplaudir y todos nos quedamos así, de a seis, los músicos holandeses y yo, porque obviamente eso nunca se hace. Eso se hace en el jazz, pero no en Vivaldi. Eso fue un momento muy revelador. Ha sido un hito en mi carrera que el público haya empezado tan genuinamente a aplaudir de esa manera. Fue un regalo que me hicieron los holandeses, a quienes adoro y que finalmente representó mucho para mí. Esos son quizás los tres momentos más significativos.

Texto por: LUIS FELIPE FERRA

Es Licenciado en Comunicación por la Ibero, Maestro en Humanidades por el Instituto Cultural Helénico y Maestro en Gestión de Arte y Cultura por la Universidad de Melbourne. Ha trabajado para agencias de publicidad como Publicis, Olabuenaga-Chemistri y Central Buzz. Es cofundador de la productora cultural Polytropos y pertenece al Global Fellowship (2017-2018) del Instituto de Relaciones Culturales Internacionales de la Universidad de Edimburgo.

Fotos por: Cristian Velasco y Manuel Vázquez