Japón y su auténtico norte, una joya desconocida

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Llegué a Tokio, al fabuloso hotel Mandarin Oriental. El lobby se encuentra en el piso 38, con una vista espectacular de la ciudad, que cubre de edificios la planicie entre el mar y las montañas. A lo lejos se perfilaba el monte Fuji, vigilante de su metrópolis. El lujoso cuarto ofrecía esta hermosa vista y el spa me transportó a un estado de máxima relajación, con su masaje y sus albercas de aguas calientes con vistas panorámicas. Terminé mi día con una deliciosa cena, viendo centellear las luces de la capital.

Tokio es una ciudad en la que me siento a gusto, en casa y me en- canta sumergirme en su ambiente, explorarla caminando y en metro; ser parte de la cultura. Pero esta vez, no hablaré sobre esta destacada ciudad nipona, sino de un viaje de exploración al norte del país, una región poco visitada llena de estupendas sorpresas que dan vida al Japón auténtico.

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Foto: Patrick Monney

NIKKO

Mi acompañante y yo llegamos a Ueno Station y el shinkansen, o tren de alta velocidad, nos llevó a Utsunomiya, ciudad moderna donde cambiamos de andén para tomar un pequeño tren de campiña. El conductor, con guantes blancos, piloteaba concentrado mientras descubríamos los arrozales amarillos, a punto de cosecha. Llegamos a la estación de Nikko, donde un autobús nos llevó a nuestro ryokan, un hotel estilo japonés con un tapete o tatami tradicional y un futón sobre el suelo. La ubicación era ideal, cerca del famoso puente Shinkyo, uno de los más bonitos de Japón, que atraviesa el río de aguas cristalinas.

Enseguida visitamos el santuario Toshogu, escondido en un bosque milenario. Construido en 1634, es de gran importancia histórica, ya que alberga el mausoleo de Tokugawa Ieyasu, el primer shogun o dictador militar de Japón, además de presentar una gran belleza artística que mezcla elementos sintoístas y budistas con colores e imágenes intrigantes. Para llegar, subimos por una avenida bordeada de inmensos cedros hasta pasar una puerta o torii de granito. Entramos en el primer patio con la hermosa pagoda Gojunoto de cinco niveles que representan los cinco elementos: madera, fuego, tierra, agua y metal. La segunda puerta, Niomon, está flanqueada por dos estatuas que representan a Niö, dios iracundo y guardián musculoso de Buda. En el patio siguiente, encontramos el establo con el famoso grabado de los tres monos sabios en madera, la biblioteca y los almacenes, y pasamos al santuario con sus torres del tambor y campana. El conjunto era hermoso, elegante, con un cierto misticismo que inunda el alma.

En el pueblo, el tiempo se ha detenido, la vida es tranquila y caminamos con placer, descubriendo tiendas insólitas, visitando la villa imperial Tamozawa, construida en 1899, con su arquitectura del periodo Meiji, y disfrutando del onsen (baño japonés de aguas termales) en nuestro ryokan antes de instalarnos en nuestro comedor privado para degustar la comida regional.

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Foto: Patrick Monney

SENDAI – YUNOHAMA

El tren de campiña nos transportó de regreso a Utsunomiya donde tomamos el shinkansen para llegar a Sendai, una ciudad que conserva algunas calles típicas, rodeadas de altos y modernos edificios. Rentamos un coche y tomamos la carretera del oeste, que nos llevó por un hermoso paisaje de colinas cubiertas de bosques, interrumpidas por unos valles sembrados de arrozales y árboles frutales. Era como estar dentro de una pintura japonesa. Alcanzamos la costa oeste para instalarnos en un hermoso ryokan a la orilla del mar de Ja- pón, en la zona de Tsuroaka, en el pueblo de Yunohama.

Descubrimos los encantadores pueblos de pescadores escondidos en las bahías y visitamos el santuario Zinpoji que luce una interesante pagoda de cinco pisos. Es un templo que pocos extranjeros conocen, con un encanto peculiar y gran elegancia. Fue construido en el año 938 por el monje Myotatsu para venerar los misteriosos dioses reptiles llamados “nagas”. Desde entonces, los fieles del budismo Soto Zen creen que las cobras habitan el estanque al pie de la colina. Cada día los monjes cantan sus s tras o discursos budistas dedicados al dios cobra.

La carretera se infiltraba entre los arrozales de la costa oeste hasta que llegamos a las montañas Dewa Sanzan, las tres montañas sagradas, Haguro, Gassan, Yudono, que visitan los peregrinos desde hace más de 1400 años, lugar sagrado para las religiones sintoísta y budista. El santuario principal se encuentra en el monte Haguro, con una gran pagoda considerada un tesoro nacional, construida en el año 937.

En la cima está el templo San-zan-Gosai-Den, donde las tres montañas son veneradas en tres figuras monumentales, y el templo principal que tiene el techo de paja más gordo de todo Japón con dos metros de grosor. Está rodeado por pequeños templos de madera, el monasterio y unas hermosas y veneradas cabañas que reciben a los visitantes. Una de ellas alberga las ofrendas de zapatos que hacen los peregrinos.

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Foto: Patrick Monney

CHÖZON-JI y MÖTSÜ -JI

Una encantadora carretera nos llevó una vez más por los arrozales y montañas, siguiendo el río Mogami antes de dejar Shinjo y dirigirnos hacia el norte por una pintoresca campiña entre colinas y pueblos apacibles. En Yokote alcanzamos las llanuras más trabajadas y, atravesando las montañas Yakeishi con sus estaciones de esquí, descubrimos Kitakami. El paisaje era un mosaico de campos cultivados salpicados de árboles frutales y pueblos adormecidos. Finalmente, llegamos a Hiraizumi donde nos esperaban magníficos santuarios.

Chüson-ji, el templo principal de la rama budista Tendai, fue fundado en 1100 por la familia Fujiwara, que gobernó gran parte del norte de Japón en el siglo XII. Un largo sendero nos llevó hasta la parte alta de la colina, visitando hermosos templos repartidos a cada lado del camino, diseñados para recibir rezos y ofrendas de incienso, brindando un cierto misticismo al bosque. Al final, encontramos el Konji- ki-dö , un mausoleo que contiene los restos momificados de los líderes del clan Fujiwara, conocido por ser una de las edificaciones más ornamentadas del mundo. Está hecho de madera totalmente cubierta con pan de oro e incrustaciones de madreperla. El interior contiene tres altares, uno para cada uno de los tres primeros señores Fujiwara. El Konjiki-dö , anteriormente al aire libre, está protegido por un edificio de concreto para evitar que los elementos de la naturaleza lo dañen y está incluido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Es impresionante y realmente único.

Siguiendo el río Kitamani, al final del pueblo, encontramos el Mötsü -ji, templo budista de la rama Tendai, construido en el siglo XVIII. Contiene la gran estatua Yakushi Nyorai, el Buda de la Salud, junta a los Doce Generales Divinos (Jüni Shins- hö ) todos con ojos de vidrio. Paseamos por el jardín que lo rodea con su lago y los restos de otro templo más antiguo.

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Foto: Patrick Monney

MATSUSHIMA

Llegamos a Matsushima, la hermosa bahía de las 260 islas cubiertas de pinos. La exploramos en barco, descubriendo un paisaje que cambia continuamente, de isla en isla y según las estaciones. Matsushima es considerada uno de los tres sitios más bellos de Japón. Cuenta la leyenda que el poeta Basho no pudo escribir ni un verso sobre esta zona porque no había palabras para evocar la belleza del lugar. Visitamos el templo Godaido, construido sobre una de las islas, accesible a pie por dos pequeños puentes. Considerado como un bien de importancia cultural, es el edificio más antiguo de estilo Momoyama, con sus bellos tallados de madera y su gran encanto que vibra al ritmo de los rezos, las campanas y las olas. La costa repleta de bahías y playas, protegida por islas, nos llevó hasta Sendai, donde degustamos los mejores sushi y sashimi en una barra típica.

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Foto: Patrick Monney

HOKKAIDO – NOBORIBETSU

Entregamos el coche y tomamos el avión al aeropuerto de Chitose, en la gran isla del norte, Hokkaido. El autobús nos trasladó al pueblo de Noboribetsu, famoso por sus aguas termales sulfurosas, uno de los lugares de onsen más populares de Japón. Visitamos el pueblo encantador, con excelentes restaurantes, y llegamos a Jigokudani, o “valle del infierno”, en donde se escapaban fumarolas y géiseres en un paisaje amarillo ocre rodeado por el bosque. Descubrimos el lago Oyunuma con sus aguas que hierven y su paisaje devastado por el azufre. Es uno de los lugares más insólitos de la tierra, hundido en un bosque recorrido por arroyos y torrentes de agua caliente. El lago Kuttara es otro lugar fascinante.

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Foto: Patrick Monney

OBIHIRO

Tomamos el tren que seguía la costa y las planicies cultivadas, hacia el este, y alcanzamos los montes de la región de Shintoku, cubiertos por un denso bosque, antes de llegar a Obihiro, una ciudad moderna en los valles ganaderos. Las calles del barrio viejo han sido transformadas con edificios modernos, pero encontramos unos callejones bordea- dos por restaurantes de una sola mesa, que daban un aire de fiesta a la ciudad. Obihiro es el punto de partida para explorar el Parque Nacional del Lago Akan, el monte Me-Akan, sus bosques, y descubrir una naturaleza que nunca fue molestada. Es un lugar de mágico encanto.

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Foto: Patrick Monney

SAPPORO

Tomamos entonces un autobús que nos llevó a Sapporo, la capital de Hokkaid , una gran urbe con centros comerciales y avenidas bordeadas de edificios modernos. Fundada en 1869 con consejeros occidentales, Sapporo luce esa influencia en su planificación urbana, conservando áreas verdes como el Jardín Botánico y el parque Nacional Shikotsu-Töya.

De su pasado, algunas casas de madera perduran, así como edificios relevantes como la Torre del Reloj, el edificio de la Comisión de Colonización, construido con ladrillos rojos en 1888, y el parque Odori, donde se celebran los festivales como el de las flores y el de la nieve. En la ciudad se aprecia una vida tranquila que goza de casi 150 días de nieve al año y es la puerta de entrada de muchas estaciones de esquí.

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Foto: Patrick Monney

Japón del norte es un horizonte distinto, que permite apreciar la vida auténtica y sumergirse en la cultura ancestral y en la vida moderna al mismo tiempo, en medio de pueblos y templos fascinantes, al lado de parques nacionales y monta- ñas para esquiar. Es un mundo que acoge con dulzura y erudición, donde el misticismo te absorbe por completo. Es un mundo aparte, desconocido, cálido, que intriga e invita a sentirse un verdadero japonés.

PARA PLANIFICAR TU VIAJE

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Texto y fotos por Patrick Monney

 

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