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José Luis Sánchez es un alpinista mexicano que llegó a la cima del Everest hace algunos meses. Este acontecimiento es parte de un reto personal, que consiste en escalar las siete cumbres, es decir, la montaña más alta de cada continente. El Everest representó la cuarta cumbre del reto, además de una de las experiencias más difíciles y enriquecedoras que ha vivido. José Luis nos contó todo sobre su trayecto desde la base hasta la cima de la montaña más alta del mundo, incluyendo su preparación, consejos, dificultades y momentos favoritos.

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Foto: cortesía de José Luis Sánchez

¿Por qué decidiste plantearte el reto de subir el Everest?

Estoy en un reto de subir las siete cumbres. Ya escalé la montaña más alta de Norteamérica, que es Denali en Alaska; la de América del Sur, que es el Aconcagua en Argentina; y también la de Antártida, que se llama Monte Vinson. Entonces, decidí que la siguiente cima iba a ser la del Everest.

Lo más padre es que me ofrecieron subir dos montañas en un mismo viaje, Everest y Lhotse, que es la montaña que está al lado del Everest y es la cuarta más alta del mundo. En menos de 24 horas subí ambas montañas, algo que resultó ser un nuevo récord porque nadie Latinoamérica lo había hecho en tan poco tiempo.

¿Cómo fue que subiste ambas montañas en el mismo día?

La ruta para subir ambas montañas es prácticamente la misma. La distancia de la base a la cumbre del Everest se divide en cuatro campamentos, siendo el cuarto el más cercano a la cima. Lo que hice fue subir del campamento cuatro a la cima del Everest, a la que llegué alrededor de las 6:30 de la mañana, después regresé al campamento cuatro a las 10:00 de la mañana y descansé durante doce horas, para después salir a las 10:00 de la noche rumbo a Lhotse. Llegué a la cima de Lhotse a las 5:30 de la mañana, por lo que estuve en ambas cimas en tan solo 23 horas.

¿Qué intervalo de tiempo dejas entre cumbre y cumbre?

Me organizo para tratar de ir a una cada año. En el 2014 fui a Alaska, en 2015 a la Antártida, entre 2016 y 2017 fui a Argentina y al Everest fue este año.

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Foto: cortesía de José Luis Sánchez

¿Cómo te preparas? ¿En qué consiste tu entrenamiento?

Primero tomé unos cursos de montañismo en Seattle, porque ahí hay muchas compañías que te llevan en viajes guiados por las montañas. Ahí subí Mount Rainier y aprendí aspectos técnicos del alpinismo que son muy importantes. Tienes que saber usar bien los crampones, el arnés, manejar las cuerdas, etcétera. Y físicamente me preparo en el gimnasio, voy seis veces a la semana.

¿Cómo es el trayecto de la base hasta la cima del Everest?

Desde Katmandú, la capital de Nepal, vuelas a un pueblito que se llama Lukla, donde está la entrada a Sagarmatha National Park, el Parque Nacional del Everest. Ahí haces un hike hasta llegar al campamento base, en total son diez días y pasas por valles, monasterios budistas, ¡es padrísimo! Vas durmiendo en lo que ellos llaman tea houses, que son hostales con comedores muy grandes. El chiste es ir yendo lentamente desde Lukla, que está a 2,860 metros de altura, hasta la base del Everest que está a 5,600.

Entre el campamento base del Everest y la cima hay alrededor de 3,200 metros de diferencia que, como decía, se dividen en otros cuatro campamentos. Nosotros hicimos tres rotaciones por la montaña. Primero, al campamento uno y dormimos una noche ahí, después subes al dos, duermes dos noches ahí, y te regresas al campamento base. Después estás diez días en el campamento base y, para no aburrirte,
haces hikes por la zona y te dedicas a recuperarte y a comer. También lees mucho, ves películas, ¡son muchos días ociosos!

La segunda rotación es similar, solo que esta vez llegas hasta el campamento tres, que está a casi 7,000 metros de altura, pero no duermes ahí, sino que regresas al campamento base. Después fuimos a un pueblito que se llama Namche Bazaar, unos 2,000 metros abajo del campamento base, donde hay mejores hoteles, y tiendas para comprar algo de equipo, como The North Face, por ejemplo. Esto antes de hacer la rotación de la cima.

Los guías de Alpine Ascents , la compañía con la que fui, tienen reportes meteorológicos exhaustivos y diarios que man- dan desde Seattle, para escoger la mejor ventana que permita llegar a la cima. Además, tratan de que tampoco se formen colas, porque hay una sola ruta para llegar a la cima.

Una vez que decidieron el día que subiríamos hasta la cima, comenzamos la última rotación. Esta vez fuimos directamente del campamento base al dos. Escalamos por diez horas aproximadamente, por primera vez usando oxígeno embotellado, que ayuda enormemente a dormir mejor y a rendir más en la escalada. Ya en el campamento cuatro, a las 11:00 pm, nos dirigimos hacia la cima. Cuando llegamos no había más escaladores, solamente mi grupo, y el viento paró por completo. ¡Estuvo de maravilla!

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Foto: cortesía de José Luis Sánchez

¿Cuál es la parte más peli- grosa de la montaña?

Curiosamente, es entre el campamento base y el uno, porque hay un glaciar roto y los pedazos de hielo son del tamaño de una casa o un edificio. No puedes pasar por ahí cuando hace calor, porque se hacen grandes avalanchas.

También es peligrosa la zona superior a los 8,000 metros, porque el cuerpo humano no puede vivir a esa altura. Por eso subes con máscaras de oxígeno o, lo que se está usando ahora, vas a una cámara hiperbárica para acostumbrar a tu cuerpo a tener menos oxígeno. Nosotros estuvimos seis semanas a esa altitud, por lo que el cuerpo se acostumbra naturalmente.

¿Cuánto tiempo toma en total?

Alrededor de dos meses.

¿Qué elementos no podrían faltar en tu mochila de viaje?

Nunca puedes tener las manos ni los ojos descubiertos, porque la forma más fácil de morir en el Everest es no poder ver o perder el uso de tus manos, así que siempre traes dos pares de guantes en la mochila, además de unos goggles como de esquiar, por si llegas a perder los lentes de sol que traes puestos. También llevas agua, snacks y una chamarra adicional por si se ofrece. Pero realmente las cargas pesadas las traen los sherpas.

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Foto: cortesía de José Luis Sánchez

Cuéntanos sobre el papel de los sherpas.

Son el alma de la expedición. Son los que suben todas las cargas, montan los campamentos, te suben la comida, las botellas de oxígeno, etcétera. El más novato tiene cuatro o cinco cimas, ¡es impresionante! Es la gente más fuerte y noble que vas a encontrar.

¿Qué fue lo más difícil de la experiencia?

Estar tanto tiempo allá, lejos de mi esposa y mis hijas. Te puedes comunicar con tu familia con wifi cerca de la base de la montaña, pero más arriba no hay señal, así que tienes que usar un teléfono satelital. Además, la compañía con la que fui hacía podcasts diarios para que las familias estuvieran al tanto de todo.

¿Te sucedió algo que no esperabas?

Sí, el día de la cima. Cuando vas subiendo, tus pies van inclinados todo el tiempo, entonces, en cada break, pateas las botas contra la nieve para hacer que baje sangre a los dedos. El día de la cima, que hacía mucho viento, se me congelaron los dedos y, cuando iba de bajada, sentí cómo golpeaban las puntas de mis pies contra las botas, que son muy duras, ¡más que las de esquiar! Cuatro dedos se me deshicieron completamente y fue algo muy doloroso e incómodo. Pero, ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a poner a llorar? Nadie va a ir por ti, así que te tienes que aguantar.

Algo inesperado también fue que, en el trayecto hacia la cima de Lhotse, vimos un alpinista muerto que lleva ahí varios años. Fue muy raro pasar al lado del cadáver, porque sigue vestido con todo su equipo de alpinismo, pero nadie lo puede mover de ahí. La mayoría de los cadáveres se quedan en la ruta porque es muy peligroso bajarlos.

¿Hubo algún momento en el que sintieras que ya no podías seguir?

El peor día fue durante la primera rotación, cuando todavía no estábamos tan bien aclimatados. Pasamos por el valle del glaciar Khumbu, entre el campamento uno y el dos. Al ser un lugar completamente blanco, sin viento ni nubes, el problema no es el frío, sino el calor. Como no puedes exponer nada de tu piel porque la nieve refleja la radiación y quema, tenía que estar completamente tapado y el calor y la falta de oxígeno eran agotadores. Además, es un trayecto muy monótono, así que tienes que desconectar la mente y poner el cuerpo en automático o te vuelves loco. Fue un día muy difícil.

¿Cuál fue tu principal motivación para continuar?

No te puedes echar para atrás. De entrada, vas con un equipo, y ni modo que les digas “ya me quiero bajar” o “ya me cansé”. También está tu familia y toda la gente que te está esperando en casa, no puedes defraudarlos a ellos ni a ti mismo. Sí, te vas a cansar, pero estando ahí no hay manera de que te rindas.

¿Qué sentiste al llegar a la cima?

Muchos piensan que la cima es el objetivo pero, para nosotros los alpinistas, es únicamente la mitad del viaje. La meta es regresar con vida al campamento base. Claro que al llegar a la cima estás maravillado, pero te tomas tus fotos y ¡vámonos de regreso! Además, la mayoría de los accidentes suceden en el descenso porque la adrenalina de la cima ya pasó, te distraes y por eso las bajadas son más peli- grosas porque si te caes, ruedas.

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Foto: cortesía de José Luis Sánchez

¿Cuál fue tu momento favorito?

Cuando regresas al campamento y te puedes dar un buen baño, te pones tus flip-flops o tus Crocs, hace más calorcito, y volteas a ver la montaña y piensas: “¡Lo logré!”. Ese fue mi momento favorito.

¿Lo volverías a hacer?

Yo creo que no regresaría al Everest, a menos que alguna de mis hijas quisiera escalarlo. Es una expedición que toma mucho tiempo. Más bien me quiero concentrar en escalar las tres cumbres que me faltan: Kilimanjaro, Monte Elbrus y la Pirámide de Carstenz. Ninguna será tan difícil como el Everest, pero igual sufres ciertas incomodidades porque todas las comodidades que tienes en la vida urbana desaparecen en estas expediciones, pero con la ven- taja de que conoces lugares impresionantes y te pruebas a ti mismo.

¿Aprendiste algo sobre ti mismo?

Aprendes que el límite que crees que tienes, no está ahí, está en tu mente. Puedes más de lo que crees.

¿Qué consejos le darías a alguien que está pensando en hacer lo mismo que tú?

Primero, que tome un curso de alpinismo, porque ahí es donde ves si en verdad te gusta o no. En Seattle hay unos muy buenos de seis días. Si te gusta, entonces puedes meter- te a más cursos y aventurarte las montañas grandes.

Los alpinistas decimos que hay tres tipos de diversión: algo que es divertido mientras lo haces, algo que no es divertido mientras lo haces pero sí cuando te acuerdas, y algo que no es divertido ni cuando lo haces ni cuando te acuerdas. El alpinismo es casi la tercera. (Risas). Si no te divierte no bañarte, cargar 25 kilos en la espalda durante ocho horas diarias o palear nieve para poner una tienda de campaña, entonces esto no es para ti.

www.alpineascents.com

FACTS

  • Los sherpas son personas de cultura tibetana que, en su mayoría, viven en Nepal. Muchos se dedican al montañismo y ayudan a los escaladores en su trayecto hasta la cima del Everest.
  • Un sherpa nepalí mantiene el récord de alcanzar la cumbre del Everest más veces que ninguna otra persona, con un total de 22 ascensos.
  • Las siete cumbres más altas son: el Everest en Asia (8,850 m), Aconcagua en América del Sur (6,962 m), Denali en América del Norte (6,194 m), Kilimanjaro en África (5,895 m), Monte Elbrus en Europa (5,642 m), Monte Vinson en la Antártida (4,897 m) y la Pirámide de Carstenz en Oceanía (4,884 m).

Entrevista por Sofía Gutiérrez
Fotos cortesía de José Luis Sánchez