Texto por: Sergio Raúl López.

En colaboración con Cinépolis.

Las profundidades marítimas e íntimas del gran Cousteau

Los dilemas éticos que enfrenta cada sociedad van variando con el tiempo, pues la historia va modificándose dramáticamente, sobre todo en los años recientes, los de la hipertecnologización. De manera que la moral imperante en cada época vuelve ajenas ciertas costumbres o ciertos hábitos pasados que pueden considerarse inaceptables e incluso monstruosos. Pero justo el valor otorgado a ciertos temas tiene más que ver con las circunstancias precisas en las que nos desenvolvemos que con una verdad absoluta.

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En tan solo una generación, la sociedad occidental ha vuelto la vista hacia el cuidado del medio ambiente, de los mares y los ríos, de los bosques y las selvas, de las especies tanto vegetales como animales. La Francia de la Declaración de los Derechos del Hombre no es la excepción y recientemente emitió una ley que prohíbe los maltratos físicos a niños, incluso de sus propios padres. Y la defensa tanto de las áreas naturales así como de los derechos de los animales, alcanzó incluso a sus figuras más destacadas.

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Tal es el caso del divulgador francés Jacques-Yves Cousteau, del que pareciera que el tiempo alcanzó a apagar su figura, pese a que hace unas cuantas décadas, era el más afamado y admirado explorador de los océanos, cuyas películas submarinas fueron reconocidas con tres premios Oscar: en 1957 por El mundo del silencio, en 1960 por la Historia de un pez rojo y en 1965 por El mundo sin sol. Igual de conocidas fueron sus series televisivas transmitidas por todo el mundo –sobre todo El mundo submarino de Jacques Cousteau (1968 – 1976) así como La Odisea de Jacques Cousteau (1977- 1978)–. Cousteau no solo perdió su papel capital entre el público masivo, sino que su figura ha sido puesta en entredicho, sobre todo por activistas del ecologismo y de la protección de los animales.

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La caída no solo de la popularidad indiscutible de la que el biólogo y oceanógrafo francés gozara apenas décadas atrás y de que su gran figura y el respeto irrestricto que otrora causaba tenga hoy cada vez más detractores, es la razón por la que el realizador parisino Jérôme Salle (director de Anthony Zimmer, luego adaptada en Hollywood como El turista, además de Largo Winch y de Zulu) comenzó a plantearse el proyecto, y especialmente cuando descubrió que su propio hijo lo ignoraba todo acerca del emblemático personaje del gorrito rojo, camisolas azul claro y pantalones azul marino.

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De esta manera, se dio a la tarea de escribir un guion junto con Laurent Turner, basado en los libros Mi padre, el capitán Jacques- Yves Cousteau, del hijo del biólogo, Jean-Michel Cousteau, y Capitán del Calypso, del marsellés Albert Falcó, quien durante largos años se mantuvo al timón del famoso barco y fue un prominente buceador del expedicionario. El resultado es una gran producción binacional que rinde justo homenaje al carismático y encantador oficial naval francés, titulada precisamente en clara referencia a su popular serie de televisión, La odisea ( L’Odyssée, Francia-Bélgica, 2016), un espectacular filme cuyo reto mayor no fue retratar las contradicciones y enfrentamientos en el seno familiar de una figura tan relumbrante, sino conseguir que la cámara emulara las apabullantes escenas de quien popularizó el género de los documentales submarinos.

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Con una muy lucidora a la vez que dinámica fotografía de Matias Boucard, miramos espectaculares tomas aéreas de la vida a bordo del Calypso, recreaciones de época, pero y muy enfáticamente, el retrato fílmico y fotográfico que solo se logra buceando largas horas, días, semanas, meses y años.

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Porque Cousteau, coinventor del aparato de buceo autónomo sin escafandra que se utiliza hasta nuestros días –el SCUBA, por sus siglas en inglés– y adaptador de los goggles de aviación para su uso marítimo, era principalmente y por sobre todas las cosas un gran fanático del nado y luego del buceo, que practicaba en familia. Cousteau es interpretado en la cinta con gran fidelidad y convicción, con dureza de carácter y fuerza para mantener sus convicciones graníticas, por Lambert Wilson; y su esposa, Simone Melchior, por una Audrey Tatou de cabellos cortos y claros, y de sonrisa franca, casi personaje principal de la cinta, por encima de Cousteau. Phillipe, caracterizado por Pierre Niney, completa el trío dramático como el más abierto opositor a las decisiones paternas, y el actor Benjamin Laverne encarna al hijo medroso y apabullado por la egregia figura del buzo, Jean-Michel.

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Una escena particularmente paradisiaca nos permite mirar a los cuatro zambullirse en la playa y acabar explorando una colorida oquedad repleta de corales, sargazos, tortugas y peces, compartiendo el entusiasmo del padre y contagiados por su oficio, que llegará a ser el de todos, incluyendo el de su familia ampliada, es decir, la tripulación del Calypso.

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La cinta no se detiene en la sola crítica a la figura granítica del capitán Cousteau, sino en su personalidad arrolladora y convincente, como para encabezar las aventuras que realizó durante años –incluyendo la vez que detuvo al gobierno francés en sus intenciones de tirar deshechos nucleares al mar o su Carta de Derechos de las Generaciones Futuras para la protección ambiental de los años venideros–. También muestra la abierta oposición de su hijo a su trato hacia los animales, específicamente en el caso de leones marinos y delfines que llevó a su barco, un tema que en los años sesenta y setenta aún no se discutía como en la actualidad–; la fortaleza de su esposa Simone, quien era la gran mujer detrás de todo gran hombre y la verdadera experta en navegación de la familia y la infidelidad tardía del marido; además, su trato con petroleras y organismos gubernamentales no del todo pertinentes.

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Así, en la trama colisionan una cierta nostalgia de uno de los héroes fundamentales del siglo XX y cómo los prejuicios y moralidad del siglo XXI pusieron en entredicho muchas de sus acciones. Fruto de su tiempo, esta gran producción de cualquier manera vale la pena verse por los paisajes espectaculares y el retrato de la gran flora y fauna del continente azul, que hacen de la película toda una experiencia que entusiasma visual y sonoramente, pues cuenta con una atractiva banda sonora de Michel Desplat (Harry Potter, Argo, El discurso del Rey, El curioso caso de Benjamin Button).

Cuando el signo de este nuevo siglo es o la corrección política a ultranza contra un regreso a los autoritarismos casi dictatoriales, los pecados de Cousteau son mínimos respecto a la consciencia ecológica y de preservación natural que ayudó a desperdigar en millones de personas.

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