Memorabilia: Casa Museo Guillermo Tovar de Teresa

Casa Museo Guillermo Tovar de Teresa

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A escasos pasos de la glorieta de la Cibeles, en la colonia Roma, Fundación Slim inicia el año con la inauguración de un museo como ningún otro en la ciudad: pintura novohispana, libros incunables, tibores chinos, estofados guatemaltecos, fotografías internacionalmente premiadas y hasta el coco en el que Maximiliano de Habsburgo bebía chocolate, conforman una colección de exuberancia cualitativa.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

El nombre del museo, en una casa habitada hasta 2013, refiere a su propietario, Guillermo Tovar de Teresa, un uomo universale en toda le extensión del término: asesor de arte virreinal de la Presidencia de la República (¡con tan solo 11 años!), coleccionista infatigable, determinante impulsor de la renovación del Centro Histórico de la CDMX, cronista, y hombre de estirpe, pues aven- tajándose de su erudición, logró recuperar el Condado de Gustarrendondo que perteneciera a su familia, asentada en Nueva España en el siglo XVIII.

No es ocioso decir que la figura de Guillermo ya se había visto honrada: la librería del Fondo de Cultura, ubicada en Pino Suárez, lleva su nombre, pero ningún sitio como su propio hogar para advertir su genialidad inigualable. Por ello, para navegar a través de un acervo tan singular y un personaje de tamañas dimensiones, se precisa del auxilio de un entendido: Alfonso Miranda, director cultural del Museo Soumaya-Fundación Carlos Slim, pues en Valladolid N° 52 no solo se dan cita la memoria de Guillermo y su palmaria afición histórico-artística, sino un relato ontológico para comprender al ser mexicano.

VALLADOLID 52, UNA ‘WUNDERHAUS’

Alfonso, ¿cómo surge la idea de convertir la casa de Guillermo en un espacio museal y cuáles fueron los principales retos de este proceso?

El proyecto surge de un profundo amor por México de parte de Guillermo Tovar de Teresa, de su familia y al mismo tiempo de la amistad que durante 40 años cultivó Guillermo con el ingeniero Carlos Slim. Es un proyecto que resultaba funda- mental en el rescate de la unidad de lo que implica la pinacoteca, biblioteca, fototeca, la colección de artes aplicadas, de mobiliario de un personaje que desde muy pequeño no solamente pulsó el coleccionismo, sino que lo llevó a derroteros muy interesantes porque no coleccionaba lo que usualmente estaba en boga, es decir, arte de la era virreinal, arte dentro del siglo XIX, del Segundo Imperio mexicano y del Porfiriato; momentos históricos complejos, definitorios y que posibilitan sumar a una realidad pluriétnica y de tantas facetas como la mexicana; aspectos en los que de pronto no nos queremos reconocer y que están contribuyendo a fortalecer el escenario mexicano.

A la muerte de Guillermo, hace cinco años, en realidad no se tenía claro el porvenir de este tesoro, porque él mismo no dejó disposiciones sobre qué hacer con su legado y esto causó controversia dentro del mundo cultural porque perder la unidad podría haber representado un problema, no solamente por el cariño y nostalgia por no tenerlo reunido, sino porque se perdían claves interpretativas de este pasado y de la propia identidad nacional, porque eso es lo que se da cita en Valladolid 52.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

A su muerte, su hermano Rafael, junto con su familia en general, pudo dar ese primer paso para crear inventario ¿qué era lo que había aquí? Bajo esa dinámica, en realidad vinieron múltiples colaboradores de distintas latitudes para establecer con profesionistas un sumario de qué era lo que se encontraba en estas paredes y desafortunadamente, dos años después, falleció nuestro primer Secretario de Cultura, hombre de instituciones, don Rafael Tovar de Teresa. Esto contribuyó a sumar incertidumbre sobre el paradero de las colecciones o de esta casa de maravillas.

Sus hermanos, encabezados por Fernando, siguieron esta puntual revisión y es así como hay un
ofrecimiento formal a Fundación Carlos Slim para ver si se podría sumar al proyecto cultural de este organismo. El puente y vaso comunicante era puntual, el ingenie- ro Slim conocía muy bien esta casa, y así continuamos la labor de ratificar los inventarios, de concluirlos, de establecer por un año el control de la dinámica de Guillermo.

El reto fundamental que se emprendió en este espacio museal era el respeto al propietario y el porqué había dispuesto no solo con tanto cuidado y estrategia intelectual, sino con tanto amor, algo que pareciera una variable cursi que no representa una clave interpretativa. Pero Umberto Eco decía, de forma pulsante, que la obra estaba abierta. ¿Abierta a qué? A interpretaciones. Entonces, el propósito más importante del Museo Soumaya en este espacio fue que el público pudiera redimensionar la historia de México, del coleccionismo, y que se viera reflejada su propia historia.

Así, se modificó lo menos posible estos espacios, para que el público pudiera transitar, donde pu- diéramos crear realmente un voto de confianza en los distintos visitantes, en donde estamos a tan solo unos centímetros del objeto.

UN CURADOR ES UN CONTADOR DE HISTORIAS Y PARTE, TAMBIÉN, DEL RESPETO HACIA EL ENTENDIMIENTO DEL OBJETO Y SU CARGA SIMBÓLICA.

No los podemos tocar hápticamente, es decir con las manos, pero las podemos tocar con nuestra mirada, nuestras redes significantes, nuestra propia historia, nuestra carga, con quienes somos como agentes individuales y agentes sociales. Y eso es lo que el público va a poder descubrir a través de sus pasos en esta casa de 1910, en su fachada y, en fin, en toda su dimensión.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

Llevas más de una quincena de años como director del Museo Soumaya. Desde tu experiencia, Alfonso, ¿cómo definirías la actividad curatorial?

Un curador es un contador de historias y parte, también, del respeto hacia el entendimiento del objeto y su carga simbólica. No es que valga, nada más, la composición química o física de los objetos, es decir, no estamos hablando de lienzos que tienen aglutinantes y pigmentos, sino de que dentro de sí mismos hay un aura que los inviste y que, de alguna manera, pulsa redes de significantes con el pasado, con el presente, pero también tiende lazos identitarios hacia el futuro y cada generación, cada momento histórico, comienza a redescubrirlos y, a partir de ahí, a entenderse a sí misma.

El arte no está dado en el objeto. El arte aparece en el momento en que hay alguien que lo comienza a resignificar, a relacionarse y a correlacionarse. Así es que la curaduría siempre se enfrentará a estos retos sobre cómo desaparecer para que el visitante encuentre un facilitador con capacidad catalizadora y funcionar como espejo. Hay veces que el espejo que nos refracta, como esta espléndida pieza de principios del siglo XIX que tengo a mis espaldas, de 1817, de tradición veneciana, ensamblado en Puebla, nos refleja de una forma que no que- remos vernos. Quizá, en mi caso, exhibe la falta de cabello, ¿verdad? y no es necesariamente lo que uno quisiera proyectar, pero, así como estos grandes espejos reflejaban los temores de una sociedad, también la reflejan en todas sus potencias y nos reflejan con verdad. Desde la entraña, descarnadamente y bajo esta dinámica, la curaduría lo que bus- ca es tender puentes y lazos.

GUILLERMO, UN REFLEJO DE LAS MEXICANEIDADES

¿Quién fue Guillermo y por qué resulta de importancia su legado?

Guillermo, qué te digo, fue un tipazo. Un personaje autodidacta, de familia, como alguna vez el propio Rafael Tovar de Teresa dijera sobre su hermano: fue formado por los grandes clásicos, los libros y espacios. Un personaje apasionado por la historia y el arte de momentos definitorios de la historia nacional y que tuvo la sensibilidad para acercarse como primer aproximador a estas latitudes, a veces tan remotas y cercanas como los tres siglos de herencia virreinal y pulsar su vigencia, ver formas de comunicación y de convivencia que siguen siendo muy virreina- les: beber chocolate, estar en familia; somos mexicanos y, por lo tanto, barrocos en pensamiento; bordeamos —no vayamos a ofender—, le damos la vuelta, usamos diminutivos, nos gusta escuchar música, tomar el postre; es una multiplicidad de significantes de estas latitudes aparentemente tan remotas y Guillermo las vio, estudió y compartió.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

Un hombre profundamente generoso con sus conocimientos, Guillermo era un gran conversador, persona de amistades, un ser tan demente que defendía su punto de vista a ultranza, con una pasión desbordada, que lo amistaba y enemistaba con grandes personajes de la cultura, del mundo económico de las instituciones culturales de México; un hombre que siempre estuvo atento a generar mayor conocimiento.

Si uno tenía una duda, podía llamar a esta casa y siempre contestaba. Un personaje que —se dice muy fácil— con 11 años fue asesor de la Presidencia de la República de arte virreinal. Lo anterior se vuelve una clave interpretativa para constatar que no era un ser normal en el más entrecomillado de los mundos normales, porque le gustaba estar en universos in- ternos y evocadores, estar entre sus libros, pasar largas jornadas entre nicotina —porque era un fumador de largo aliento—, ¡hasta seis cajetillas diarias fumaba! Fue también Guillermo Tovar de Teresa un personaje muy divertido, agudo e incisivo.

¿Por qué el pegaso, un animal del antiguo panteón griego, le era tan caro a Guillermo?

El pegaso redefine al ser mexicano. Con su brillante luz, Guillermo fue el primero en acusar al momento de transitar Palacio Nacional, el antiguo Palacio Virreinal, esta fuente que se corona con un pegaso y percatarse de que eso somos como mexicanos. ¿A qué se refería? Escribió sobre ello de una forma poética porque el caballo alado, desde este imaginario grecolatino, clásico, es este animal que con su coz golpea la tierra y de ella emana el manantial, el agua de los dioses, y como mexicanos tenemos este fascinante pasado mesoamericano, prehispánico, precolombino, con sus aristas, con sus matices, con sus identidades.

Pero hoy, estamos más cercanos a los griegos que a los mayas. Somos occidentales. Somos mestizos. La independencia de México la hizo el patriotismo criollo. Y en esta vertiente de múltiples sangres que corren por la venas de cualquier mexicano, el pegaso se vuelve el sueño de volar alto, de ver las propias contradicciones.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

2019 es un año de coordenadas: 500 años del inicio de la conquista de México. Proceso doloroso y disruptivo —como todo proceso de conquista—, pero del cual somos parte. Una herida abierta que nos empeñamos en no querer sanar porque es doliente, porque nos compromete, pero en la medida en que nos resignifiquemos y reconciliemos con la herencia virreinal, podremos proyectar una nación tan sólida como el pegaso acusaba en distintos momentos de las historias de la humanidad y en esta, desde México, separar- nos de la tierra para regresar a ella y evocar una mejor realidad.

ENTROPÍA MUSEÍSTICA

La gratuidad de los museos tiene varios detractores. Pero es claro, en ese sentido, que la línea de los recintos museales que alberga la Fundación Carlos Slim se decanta por espacios culturales libres de costo. ¿Por qué? ¿Cuáles son sus argumentos, Alfonso?

No es Museo Soumaya el único espacio gratuito, pero quizá sí es uno de los únicos espacios — internacionalmente hablando— gratuito y que abre 365 días del año. En realidad es una bandera de responsabilidad social y de empatía con los diferentes públicos. Ahora bien, no hay museo en México, salvo el espléndido caso de La Casa Azul, dedicado a la memoria de Frida Kahlo, que de su taquilla pueda garantizar completamente la operación del espacio. Normalmente, los mu- seos no viven de sus taquillas. Una de las fracturas más complejas dentro del sistema cultural nacional es que la suma de los recursos de taquilla por parte de un museo nacional no llega directamente a ellos, sino a una concentradora que a partir de ahí, de los institutos nacionales —ya sea de Antropología, o de Bellas Artes— genera otro tipo de correlaciones y correlatos.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

Sin embargo, lo cierto son esas historias de vida que trastocan emocionalmente a familias completas. Un caso es una escena del diciembre pasado (2018): una familia poblana se encontraba en la disyuntiva de si entrar o no, y quién de sus miembros podría acceder a Museo Soumaya en Plaza Carso; porque es de facto, que en economías fragmentadas, en esta polaridad que vivimos en América Latina, resulta muy complejo poder realmente hacer esta inversión de recursos para que todos los integrantes de una familia ingresen a los museos. Es realmente convulso el hecho de decir: “Pues ve tú para que puedas hacer la tarea y que te acompañe tu hermana, o que vaya tu mamá y nosotros nos quedamos afuera”. Familias que no pueden apostar por crear esa infraestructura cultural.

Entiendo por qué hay que pagar, pero el hecho de no pagar no significa que no se valore per se. Por el contrario, quizá la oportunidad de reunir en familia o hermandad dentro de los espacios culturales a
partir de esta gratuidad no se vuelven ejercicios gratuitos; se vuelven inversiones de capital humano, de pasiones que defendemos desde Fundación Carlos Slim.

Habitualmente, se piensa que el éxito de un museo reside en la taquilla, pero al tratarse de un servicio cultural esto no es del todo cierto. ¿Cómo se mide el éxito de un recinto museal en la posmodernidad?

Más allá de la posmodernidad que pulsamos, vivimos y deconstruimos, la numerología, la numeralia dentro de los espacios culturales no son la respuesta; tener un cúmulo de visitantes no necesariamente es un indicador de éxito, en realidad, este se deberá de medir a nivel cualitativo, es decir, generar audiencias, poder establecer esta conexión entre los diferentes públicos.

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Foto: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.

Comprender que no hay competencia, como el “si voy a un espacio entonces dejé de ir a otro”. Esa es una competencia muy mal entendida; quien visita un espacio cultural en un momento va a ir a otro en otro momento, y de pronto va a escuchar un concierto, luego irá al teatro y después al cine. Y es esa infraestructura, esa tierra firme, la que nos permite edificar con mejor conciencia. Quien visita un espacio cultural respeta el objeto porque representa esa carga simbólica y eso lo trasciende al respeto entre el yo y la otredad, entonces se vuelve una suma de variables que transforma el círculo en un círculo virtuoso. Esa es la gran potencia que tienen los museos: que cada uno de estos espacios —no solamente museos, sino espacios culturales— suman sensibilidades y agentes.

 

Texto por: LUIS FELIPE FERRA
Es Licenciado en Comunicación por la IBERO, Maestro en Humanidades por el Instituto Cultural Helénico y Maestro en Gestión de Arte y Cultura por la Universidad de Melbourne. Ha trabajado para agencias de publicidad como Publicis, Olabue- naga-Chemistri y Central Buzz. Es cofundador de la productora cultural Polytropos AC y pertenece al Global Fellowship (2017- 18) del Instituto de Relaciones Culturales Internacionales de la Universidad de Edimburgo.

Fotos por: (Alfonso Miranda) Alejandro Maafs / (Casa-Museo Tovar de Teresa) Agustín Garza.