Riviera Nayarit, horizontes de desarrollo costero - bocho nayarit playa

Cuando uno piensa en la Riviera Nayarit, vienen a la mente hoteles de proporciones bíblicas, arena plagada de sombrillas y cientos de miles de canadienses ávidos de radiación solar. Afortunadamente, los más de 300 kilómetros de costa nayarita dan para mucho más que eso. No muy lejos de Nuevo Vallarta, una colección de pueblos menos afamados custodian selvas que esconden lujo, frutas que no saben de pesticidas y playas con espíritu comunitario.

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Foto: Marck Gutt

Hace tiempo que Puerto Vallarta se quedó chiquito para acoger a las hordas de white walkers que llegan huyendo del invierno septentrional. Desde que un par de estrellas del Hollywood dorado de los sesenta aterrizara en estos lares, la costa que une Jalisco y Nayarit no ha dejado de transformarse. El turismo nacional puso en el mapa esta joya del Pacífico mexicano antes de que gringos, canadienses, ingleses y hasta finlandeses vinieran a cubrir su carencia de rayos UV. Los pueblitos otrora pesqueros pronto cambiaron las redes por los resorts, los “buenos días” por “it’s cheap” y las sorjuanas por los washingtons.

A simple vista, es fácil comprender el porqué de tanta popularidad. No es nada nuevo que las maravillas naturales de México sean uno de sus mayores fuertes, pero en la costa nayarita, estas resultan anonadantes. La Sierra Madre Occidental, por acercarse demasiado al Pacífico, ve empapadas sus faldas irremediablemente. El contacto de la montaña con el salitre provoca una explosión de verdor falto de pudor donde se cobija una biodiversidad poco avergonzada ante las visitas. Tierra, mar y aire están saturados de vida en la Riviera Nayarit sin importar la estación del año: aquí hay cabida para todo tipo de seres, hasta los humanos.

La sierra cercana a la costa también desborda cultura, sus valles han sido y son el hogar y medio de vida para los cora. Este pueblo, emparentado con el huichol, supo aprovechar las bondades de una tierra fértil y amable como pocas. Los cora o náayerite y su legado cultural han logrado sobre- vivir hasta nuestros días aunque solo sea para dar nombre a uno de los estados a los que ahora, dicen, pertenece el territorio que los sustenta. Hoy, coras y huicholes se acercan a la antes improductiva línea costera para vender sus artesanías al mejor postor.

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Foto: Marck Gutt

La herencia y el encuentro cultural, aunado a la naturaleza indómita de los municipios fronterizos de Jalisco y Nayarit, hacen de este lugar el caldo de cultivo idóneo para el turismo. Tras décadas de desarrollo desenfrenado, a los magnates hoteleros se les acabó la bahía. Sin embargo, en su intento de continuar depredando la costa hacia el norte, se encontraron con comunidades dispuestas a pararles los pies. Esto ha hecho que el turismo, si bien sigue avanzando, lo haga buscando un desarrollo horizontal de la costa que no sea a costa de ella.

COMUNIDAD PLAYERA

San Francisco, San Pancho para los amigos, es un pueblo con alma cándida y cautivadora. En esta población, sus poco más de 1,500 habitantes son mucho más que un dato estadístico. El espíritu comunitario vertebra todo lo que sucede en esta playa donde cada atardecer es una celebración, la sostenibilidad rige el día a día y el lujo se esconde en la sana convivencia entre especies y especímenes.

San Pancho nació como parte de un delirio de grandeza de Luis Echeverría. A comienzos de los 70, esta parte de la costa nayarita, si bien no beata, se podía jurar prácticamente virgen. Tal vez por esto, el expresidente eligió sus tierras como laboratorio para un proyecto faraónico. El mandatario quiso que la comunidad de San Francisco materializara un modelo de desarrollo del Tercer Mundo basado en la industria agropecuaria y dotado de escuelas, hospital y hasta una universidad.

El callejero no está dedicado a los Niños Héroes ni es una calca descontextualizada de la Ciudad de México como suele pasar en otras poblaciones mexicanas. Las calles de San Pancho llevan el recuerdo de los países olvidados por el desarrollo; aquí el Tercer Mundo atraviesa el pueblo de este a oeste y bautizó la universidad. Sin embargo, la explotación del aceite de coco no fue suficiente para mantener engrasado el proyecto y, unas décadas después, la utopía tercermundista se convirtió en recordatorio de que el progreso, pareciera, no es más que una promesa eterna en ciertas latitudes.

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Foto: Marck Gutt

Cuando todo parecía perdido y condenado al olvido, llegó el turismo. Pero no cualquier turismo, porque, aunque puedan sonar parecido, el turismo inclusivo no es lo mismo que el de all-inclusive. Y esto, la comunidad de San Pancho lo tiene muy claro. Flanqueado de un lado por un estero desbordado de vida y del otro por una montaña colmada de selva, el pueblo siempre ha tenido claro que en su playa no hay cabida para hoteles de dueños desconocidos y dimensiones desmesuradas.

A la sombra de un mango surgió el principal proyecto comunal del pueblo: Entre Amigos. Lo que na- ció como unos talleres callejeros de arte improvisados, hoy es uno de los ejes vertebradores de San Pancho. Esta asociación gestiona un centro comunitario en una antigua bodega que ha cambiado el aceite de coco, la maquinaria y los trabajadores por los libros infantiles, un centro de reciclaje y voluntarios locales. En la entrada, un homenaje arbóreo de corteza de metal reutilizado recuerda al visitante que, con esfuerzo y trabajo compartidos, el futuro es más alentador.

No es casualidad que este punto, además de atraer a gente de todas las nacionalidades, sea el lugar predilecto para la friolera de más de 200 especies de aves. Cantidad que parece pequeña comparada con las más de 500 que habitan los alrededores de Espíritu comunitario y vibra relajada en San Pancho.

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Foto: Marck Gutt

San Pancho, convirtiéndolo en uno de los mejores lugares del mundo para el avistamiento de aves. En esta playa hay sitio para todo tipo de ser que vuele, corra o se arrastre, siempre y cuando conviva en armonía.

Los negocios, en su mayoría locales y abastecidos por productores de la región, llenan unas calles por las que no hace mucho paseaba a sus anchas el olvido. Hoy, el pueblo rebosa vida comunitaria y turismo internacional en equilibrio. Un ejemplo de cómo el desarrollo, cuando es sostenible y respetuoso con su ambiente, hace la vida en la playa más sabrosa.

LUJOS SELVÁTICOS

No son muchos los turistas que se aventuran más al norte de San Pancho por la federal 200. Unos kilómetros bastan para dejar atrás el multinacionalismo, el exceso de cajeros automáticos y los anglicismos innecesarios. Aquí empieza un Nayarit en el que, por imposición más que por elección, las piñas son frescas y no coladas, el sol manda más que el Rolex y los únicos vecinos estacionarios tienen pico y plumas.

Para aquellos que osan seguir ruta hacia arriba se reservan los secretos mejor guardados de la Riviera. En las poblaciones de Lo de Marcos y el Monteón, el lujo se disfraza de sencillez, naturaleza e intimidad. Estos lugares ofrecen sendas propuestas tan diferentes como innovadoras. Dos maneras de fundir un proyecto turístico con su entorno hasta el punto de engañar y deleitar los sentidos a partes iguales.

Del tal Marcos no queda más que el nombre que hoy recibe el pueblo localizado en lo que otrora fue su propiedad. Nadie sabe a ciencia cierta quién era el susodicho, pero, sin duda, sabía lo que hacía cuando se asentó en estas tierras. Y es que la riqueza de este valle con salida al mar se mide en la tranquilidad de su playa, la amabilidad de sus vecinos y la biodiversidad de sus alrededores. Sin embargo, el tesoro mejor guardado de Lo de Marcos no son sus tiendas de productos orgánicos locales certificados por el paladar, ni el disfrute de compartir el calor de la arena de su playa con los nidos de tortugas marinas.

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Foto: Marck Gutt

La selva aledaña al pueblo resguarda un reducto de paz que pa- rece flotar entre la inmensidad del Pacífico y el azul del firmamento. Por eso, el lugar no podía llamarse sino Mar al Cielo. Este hotel es regentado por el matrimonio propietario del terreno. Carlos y Jodi abren las puertas de su casa para ofrecer una villa con todas las comodidades y varias sendas privadas para compartir con coatíes, cientos de aves y un armadillo. Mar al Cielo fue diseñado por dos soñadores para los afortunados que quieran quedarse, por lo me- nos una semana, a vivir esta experiencia onírica. La propiedad, de casi cuatro hectáreas y media, fue reforestada por el matrimonio mexicano-canadiense, convirtiéndose en refugio de pericos, urracas y calandrias que habitan en palme- ras, higueras blancas y papelillos de todos los tamaños.

Aunque parezca mentira, el mayor lujo de este lugar no es la privacidad exclusiva de la selva, ni los inquilinos alados de esta. La joya de la corona es la palapa del lugar, un Olimpo de techo de palma que se sitúa, literalmente, a medio camino del mar al cielo. Este punto en la orilla del acantilado, límite de la propiedad, endiosa a todo aquel que lo visita. La altura pone a los pies el vuelo calmo de los pelícanos que recorren la costa. A la vez, ofrece una vista panóptica que permite a las ballenas jorobadas danzar sin ser molestadas.

Pasando Lo de Marcos, los acantilados se acentúan. Cuanto más dramática se vuelva la línea de costa, mayor lujo esconderá su selva. Hace varios años, para los vecinos de El Monteón, el turismo era poco más que una promesa laboral a varios kilómetros –y media quincena– de distancia. Ninguno de sus habitantes se imaginaba que su desmejorado pueblo atraería la atención de nadie más que de aquellos unidos a esta tierra por lazos familiares.

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Foto: Marck Gutt

La riqueza natural y la exclusividad del lugar fueron demasiada tentación para el imparable negocio turístico. El lujo natural de la playa Canalán, custodiada por dos promontorios rocosos cubiertos de masa forestal y un estero desbordado de vida, atrajo el lujo inmobiliario desmedido de Mandarina. Este desarrollo albergará un Rosewood y un One and Only que ofrecerán habitaciones, suites y villas para no todos los bolsillos.

Contrario a lo que pudiese parecer, lo que el proyecto tiene de impactante en sus instalaciones y precios por metro cuadrado, lo tiene de discreto para con su en- torno. En Mandarina, el lujo no se basa en el alarde de ostentosidad y en riquezas traídas del otro lado del planeta, sino en hacer desaparecer villas de 10 millones de dólares en la espesura del bosque. El complejo contará con varios bares y restaurantes con vistas desvergonzadas de los atardeceres de Pacífico mexicano. Y, como guinda del pastel, el estero y los campos de piña, antes el principal sustento del pueblo, compartirán terreno con un centro ecuestre.

Mandarina podría ser otro proyecto de derroche desmedido y desarrollo deshonesto con la tierra que lo recibe. Sin embargo, en este caso, la comunidad de El Monteón ha sido considerada desde las etapas iniciales del plan. A cambio de la playa que solían visitar los oriundos, se les entregó un club de playa gratuito, un pueblo remodelado y multitud de puestos de trabajo. La asociación de vecinos trabaja conjuntamente con Mandarina en la supervisión del avance del proyecto que espera estar terminado en 2019.

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Foto: Marck Gutt

México tiene una oferta abruma- dora de turismo playero de todo tipo, tamaño e impacto en su entorno inmediato. Antes de elegir en qué playa se quiere uno rostizar, no está demás analizar cómo se repartirán los pesos que cuesta la botana y las margaritas que la acompañan. Además, las es- capadas al mar se disfrutan más si la cama de hotel no está donde antes dormían especies endémicas. En Riviera Nayarit hay multitud de opciones honestas para todos los bolsillos necesitados de salitre y radiación solar. La conciencia y el compromiso, sin embargo, hay que traerlos de casa.

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Foto: Marck Gutt

GUÍA PRÁCTICA

Texto por: Jorge Santos
Fotos por: Marck Gutt