Supersticiones al borde de Xochiaca

Superticiones en México

Supersticiones al borde de Xochiaca - PORTADA_hotbook_hotsuperstitious_basureros

A Francisco le gustan las botellas de vidrio, no las de plástico como casi todos los demás niños, sino las de cristal de distinto color. Dice que son las que mejor soplan y es verdad; cuando sus labios rodean la boquilla de una botella, esta emite un bullido tipo barco que llega lejos y llama la atención de las personas que trabajan en los demás montículos de desechos.

Aquí se puede encontrar desde material quirúrgico hasta propagandas de candidatos políticos para diversos puestos públicos. Uno pensaría que los desechos de hospitales no se mezclan con el resto, pero no es así: terminan siendo ingrediente de este gran licuado tóxico.

Francisco apenas cumplirá los 10 años y ya trabaja separando el plástico del cartón y del metal; también estudia el quinto año de primaria. Como vive dentro del Bordo de Xochiaca, el basurero más grande de la Ciudad de México, en la escuela le dicen “mugroso”, como a otros de sus vecinos del tiradero. No importa que se haya bañado dos veces o tres, o perfumado con alguna esencia, debe vivir bajo la crueldad de sus compañeros de clase.

Panchito, como le dicen sus buenos amigos, colecciona botellas de vidrio, ya sea de refresco, vino, cerveza, agua, licor, suero, etcétera, todas para formar una orquesta de viento: el instrumento más rentable que ha podido construir, el que le ha durado más y que no necesita baterías ni se descompone.

Sopla y sopla las botellas. Me dice que tiene varios temas musicales propios y otros de artistas conocidos como José José y Los Ángeles Azules. Me muestra con habilidad sus canciones de aire y me sorprendo. Un niño que quiere hacer música sobre el ruido de los bulldozers que van acumulando toneladas de basura sobre una tierra que ya no se ve, ya no existe.

Sopla y sopla en las tardes de mayo, transforma el metano en aire limpio a través de la música, aun cuando el calor agobia y el hedor se instala en la nariz como un grano incómodo que nunca desaparece. Panchito sopla con mucha fe para llenar de aire sus botellas e ir construyendo alguna armonía. Cada vez que hace una canción, va a uno de los montículos, el quinto más alto del basurero, según dice, su duna más personal en la que puede tener un momento dentro de las casi 10 horas en las que trabaja. Sube y toca alguna de las canciones para ese desierto de plástico.

Dice que cuando hace ese tipo de homenajes al basurero es cuando hay mejor fortuna. Eso quiere decir que es cuando llegan los camiones con mejor contenido: retazos de juguetes, juegos de mesa, cómics, televisores, sartenes y hasta sobras de buena carne o algún helado que aunque ya esté disuelto como agua con colorante, Panchito sabe que se puede rescatar.

“SI SE VUELVE A CONGELAR EL AGUA DE HELADO, TODAVÍA SABE COMO SI FUERAS A COMPRARLO A LA TIENDITA”.

Va tocando sus botellas como un mensaje para “algo” que, dice, vive en la profundidad de la basura, lo ha visto moverse, ha mirado una silueta como de un ajo- lote gigante si se despierta muy temprano, al menos es lo que la imaginación le ha resuelto.

Cuando Panchito encuentra helado o más bien agua de color endulzada, la pone a congelar en la heladera que a muy baja potencia hace como que enfría. “Si se vuelve a congelar el agua de helado, todavía sabe como si fueras a comprarlo a la tiendita”, me dice con ánimo.

En ese pequeño estante de refrigeración también se guardan pedazos de carne en descomposición que luego hierven en agua por varias horas para cocinarlos y comerlos cual banquete.

Encontrar a un niño músico que hace tributo con su música a una especie de protección del basurero, a una deidad diferente a las que normalmente uno se encuentra, es interesante. Panchito es un niño sensible que cree en otra cosa. Tal vez esa otra cosa sea el arte que le ofrece a las sobras de una ciudad monstruo que alguna vez, en esos desechos, tuvo una ilusión.

Son curiosas las aficiones en el Borde de Xochiaca, existe todo y nada. Llega todo lo que una megalópolis no quiere, o tal vez sí, pero que ha tomado la decisión de alejarlo de su vida, de despreciarlo, soltarlo, desaparecerlo. La basura es un reflejo de los hábitos de la sociedad capitalina: una sociedad diversa, orgánica, inorgánica, pragmática. Paranormal.

Seguimos caminando por este terreno que llegó a recibir 12 mil toneladas de basura al día y uno en verdad vive como si fuera un peregrinar en el desierto: el calor bochornoso, remolinos de viento que alzan cualquier cantidad de envases y bolsas. También debes cuidar por donde pisas para que no te pique (muerda), cual serpiente, alguna aguja de jeringa y que se te infecte hasta que la pierna desconozca que es parte del cuerpo.

Así le pasó a Marta que desde entonces viste botas altas de goma. Pudo salvar de milagro la pierna infectada y cuando se recuperó, volvió a las jornadas de 12 horas para separar la basura. Nació en Aguascalientes, tiene 67 años y aún debe hacer extensas caminatas para ir recolectando enormes bolsas de envase PET y ganar de 20 a 80 pesos, si bien le va. Contenta me muestra una bicicleta que encontró en muy buen estado y que le va a regalar a su nieta Elenita. Solo debe arreglarle la cadena y los neumáticos.

Por las tardes, Marta organiza un grupo de tejido que le va haciendo trajes diversos al Santo Niño de Atocha. Los trajes son hechos de todo tipo de material, desde tela hasta aluminio, los refuerza con hábiles tejidos de ligas. La creatividad aquí raya en otro nivel, tienen materia prima para aventar, y ellas y ellos le dan usos extraordinarios. Por ejemplo, un chaleco que Marta hizo de pura cinta de grabación. Ella juntó más de 100 casetes de audio que fue encontrando en el tiradero para poder tejerlo. En otra realidad son invenciones que quizás podrían haberse patentado.

A Marta y a sus Niños de Atocha creativamente vestidos la van a ver para bendecir camiones, contenedores, así como familias enteras dentro del basurero; se ha hecho fama de sacerdotisa. Tomás, un recolector, dice que: “Doña Marta te libra junto al niño de Atocha de penurias, te protege y abre los caminos para que puedas avanzar, también te ayuda para que no sientas pena por hacer este trabajo. Aquí la actitud importa mucho; mis padres siempre me critican por el mundo en que acabé, pero trabajo bien, le hago chistes a todos porque hay que alegrarse la vida. Aquí pude hacer una casita y conocí a mi mujer. Tengo dos chavos. Somos pepenadores y no nos da pena decirlo porque hacemos el trabajo sucio de la gente que se dice limpia. Yo me pregunto: ¿sí lo es? La respuesta está en cómo te entregan la basura, no piensan en que somos gente los que vamos a recibir sus floreros rotos, sus cuchillos chuecos, los ácidos en un envase de leche”.

Tomás se remanga su camisa de trabajo para enseñarme un tatuaje del Niño de Atocha que va arriba iluminando el camino de un flamante, irreal y asimétrico camión de basura que va sobre la playa.

Texto por: LUIS ALBERTO GONZÁLEZ ARENAS
Es curioso genéticamente, viajero, bohemio y obsesivo. Trata, cada vez más, de vivir en la República del Momento Presente. Es fundador de RIP, agencia de periodismo, relaciones públicas y exploración cultural. Ha trabajado como editor y escritor en publicaciones de arte y música; en Real Madrid TV y hasta de promotor cultural en la India. Vive para crear y crea para vivir. Detesta la injusticia, de ende la nobleza y hurga en sí mismo todos los días para evolucionar su sentido común. Es idealista, pero toma varios chochos de realidad todos los días; está orgulloso de ser mexicano, pero decepcionado del conformismo en algunos de sus paisanos ante decisiones clave. Le apasiona la política, la música y el futbol, cree en el amor de condominio (hay pa’ todos). Gusta de correr, cree en las coincidencias, toca la guitarra y lee. La persona que más le desespera en la vida es él mismo. Su palabra favorita es “gracias” y gusta de pensar que a esta vida se viene a vivir, no a sobrevivir.

Ilustración por: VICTOR SOLIS
Sujeto sensible al cambio climático, cartonista profesional desde los 15 años, egresado de la Nacional de Artes Plásticas, padre de Julián, autor de Verde Monero y Centígrados y Paralelos, con participación en decenas de medios impresos y con varios proyectos editoriales, artísticos y humorísticos en incubación.