Después de leer la última hoja de un gran libro, me surgió una duda: ¿qué es lujo? Para algunos podrá significar poseer objetos ostentosos, mansiones en los destinos más concurridos o asistir a eventos súper exclusivos. Para mi es mucho más sencillo que eso, lujo es compartir experiencias, es saborear aquellos momentos que la vida nos regala, es vivir cada día pero por sobre todo disfrutar del camino hasta ese punto que nos llena de alegría, como terminar un libro.

Así entendí mi goce y paso por Tetetlán. Un centro cultural ubicado en lo que solían ser las caballerizas de Casa Pedregal, una icónica casa construida por Luis Barragán en 1945, en el sur de la Ciudad de México. El sitio se encontraba en completo abandono, pero se restauró para darle vida a un increíble proyecto que busca integrar a la comunidad de sus alrededores y celebrar la identidad del país, lo local y los detalles de una cultura tan basta y rica como la nuestra.

Entré e inmediatamente miré hacia arriba, su techo era un domo de cristal que permitía el paso de la luz natural, dándole vida a todo el interior. Recorrí sus pasillos y me encontré con una biblioteca de arte, un mercado orgánico que olía a cacao, romero y lavanda, de inmediato una sinfonía organoléptica que me cautivó. De pronto me di cuenta que por admirar tanto tiempo de tan peculiares espacios, no había puesto atención al piso, ¡y qué piso! Ingeniosamente elaborado en cristal para poder apreciar la piedra volcánica tan característica de esta zona de la ciudad. Cada paso que acompañaba mi camino me invitaba a deleitarme con algo nuevo que recordaba muchas épocas de esta ciudad, al tiempo que también mostraba como todas estas pueden convivir en armonía.

Subo a mi camioneta para regresar a casa. Me acompaña durante el trayecto una música que me invita a reflexionar, a meditar un poco sobre el inigualable resultado de la tremenda explosión que fusionó a dos culturas tan opuestas. Sobre lo afortunados que somos en celebrar nuestra identidad, como un propia, como una cultura que da pie a joyas como esta. No hablo sólo de sus rincones, de sus sabores u olores, sino de una identidad bien amalgamada que vive en el corazón cualquiera que vibre al deleitarse con estos detalles. De ser mexicano. Así es nuestro lujo, nuestros momentos.

Fotos por Mónica de León.